sábado, 15 de abril de 2017

En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust.



Título: En busca del tiempo perdido
Título original: À la recherche du temps perdu
Volúmenes que componen la novela: 

Por la parte de Swann (Du côté de chez Swann, 1913)
A la sombra de las muchachas en flor (À l'ombre des jeunes filles en fleurs, 1919)
Por la parte de Guermantes (Le Côté de Guermantes, 1921)
Sodoma y Gomorra (Sodome et Gomorrhe I et II, 1922)
La Prisionera (La prisonnière, 1925)
Albertine desaparecida (Albertine disparue, 1927)
El tiempo recobrado (Le temps retrouvé, 1927)

Editorial: Debolsillo
Año de publicación: 2010

Hace casi un año daba inicio a la lectura de esta vasta y extensa novela de Marcel Proust titulada En busca del tiempo perdido y que fue publicada en siete volúmenes entre los años 1913 y 1927.
Se trata de una novela clásica ya y de lectura obligada para quienes gustan de incursionar en la literatura, ya sea como escritor o como lector comprometido. De corte autobiográfico, que hoy diríamos meta literaria, es un discurso interno plagado de poesía, filosofía y búsqueda continua de la esquiva felicidad. Y es, quizás debido a su extensión o a que se ha convertido en referente de autores como James Joyce o Vladimir Nábokov, que pueda parecer una novela de lectura ardua y hasta podría mencionarse por allí la palabrita esa tan descortés... "aburrida". Lejos de ser algo de esto, En busca del tiempo perdido es una novela que se puede disfrutar ampliamente, sea por los personajes que en ella aparecen y que evolucionan (o involucionan, según como prefiera verlo el lector) a lo largo de la historia, o las frases, descripciones, re descubrimiento de emociones, lugares y deseos que, junto al personaje narrador, vive y siente también el lector.
Podría considerarse que el tema de la novela es el tiempo, ese tan escurridizo que no nos permite sentir como se debe y el que es necesario re visitar y re construir para analizar aquello que hemos vivido y experimentar con propiedad lo que tal experiencia, persona o lugar han sido para nosotros, de qué modo han influido en nuestro ser y en nuestras decisiones. Por lo que, si bien en la novela tenemos un personaje principal, mediante el cual vemos y conocemos, este personaje se encuentra en constante cambio, en constante re descubrimiento de sí mismo y el lector, que no puede evitar sentirse identificado con él, también sufre estas alteraciones, también se re descubre así mismo.
En el séptimo tomo de la novela, titulado El tiempo recobrado, Marcel, autor y personaje -aunque más acertado sería decir Marcel autor como Marcel personaje, pues no necesariamente se trata de la misma persona- dice:
.... me daba cuenta de que un gran escritor no debe inventar, en el sentido corriente, ese libro esencial, el único libro verdadero, puesto que ya existe en cada uno de nosotros, sino traducirlo. El deber y la tarea de un escritor son los de un traductor.

Así el Marcel narrador, el Marcel autor y el lector mismo son también protagonistas de la novela, constantes autores y lectores de la novela propia, la esencial, que parte de la vida misma de cada uno, escrita desde el comienzo de nuestras vidas y explorada constantemente por nuestra psique en busca de recuerdos y remembranzas de todo tipo.
¿Quién escribe la novela, entonces? Podría decirse que la novela no existe, que estamos leyendo algo que no llegó a escribirse, pues el Marcel narrador pasó muchos años dilatando el momento de comenzar a trabajar, dejándose arrastrar a las reuniones y fiestas de la alta sociedad, por la que sentía una gran fascinación y necesidad de pertenencia, y también por sus diversos amores, que le infundían un ánimo acechante y una necesidad de control constante sobre el ser amado, porque sus celos lo agobiaban hasta límites ridículos. Además, tanto el Marcel narrador como el Marcel autor tenían una salud muy frágil, a la que se sumaba su(s) hipocondría(s). Es recién en la edad madura cuando el Marcel narrador sufre una especie de epifanía y se da cuenta de que no debe esperar a la imaginación, a las musas, para comenzar a escribir ese libro tan anhelado durante toda su vida: el libro ya fue escrito, pues ha vivido. Ahora sólo es necesario recobrar el tiempo, aprehender nuevamente todos esos retazos de vida que ha dejado escapar en el momento presente y volcarlos al papel. El inconveniente que se presenta ahora al narrador es, a su vez, el tiempo, los límites que éste puede poner a la vida, y cuanta voluntad y esfuerzo debería extraer de sí mismo para dedicarse a dicha tarea.

Marcel Proust falleció antes de terminar de escribir En busca del tiempo perdido. De la edición y publicación de los tres últimos volúmenes se encargó su hermano menor. Por esto nunca sabremos si finalmente el narrador logró escribir su obra, la que presuntamente hemos leído, o si un Marcel autor es quien crea la obra, que es siempre ajena al Marcel narrador y protagonista. Es como sumergirse en un continuo bucle del tiempo, donde uno es autor y creador y a su vez no lo es.
Estos saltos temporales se dan constantemente en la novela, donde podemos saber quién fue, qué dijo, qué vivió un personaje, mientras el protagonista charla con él en un tiempo presente, y a su vez menciona como al pasar como tal comentario o suposición se puede concretar o no años después, incluso cuando  ya ha sobrevenido la muerte.



Aparte del protagonista, Marcel, de quien ya hemos mencionado que se trata de un hombre sin profesión ni trabajo, que dedica su tiempo a diversos estudios de las artes, como la literatura, la pintura, la escultura y la música, y también a moverse en un medio al que no pertenece, pues, si bien ha nacido en una familia burguesa adinerada, no tiene ascendencia noble, en la novela encontramos muchos otros personajes interesantes, aunque se hace más hincapié en los personajes femeninos, no sólo aquellos con los que el protagonista se encuentra relacionado amorosamente, sino los que han marcado su vida: su madre, su abuela, incluso su sirvienta Françoise. Como el protagonista ha sido criado principalmente por su madre y abuela, la importancia que tienen para él es constante. También las mujeres a las que ama lo son: Gilberte, su primer amor, la duquesa de Guermantes, su amor imposible, y Albertine, su amor más complejo. Otras mujeres, como la señora Verdurin y Odette de Crécy tienen gran peso en la historia, y es interesante ver cómo cambian sus vidas a lo largo de los años y cuanto poder destructivo y constructivo tienen con un simple gesto o una palabra, a merced de sus intereses o caprichos. Los personajes masculinos importantes son Charles Swann, que es a quien más llegamos a conocer y cuya historia se nos presenta ya en el primer libro, Por la parte de Swann, que además cuenta con una segunda parte, que antes se publicaba en un tomo aparte, Un amor de Swann, quien además tuvo mucha influencia en el protagonista; Robert de Saint Loup, amigo de Marcel y enlace para que pudiera conocer a los duques de Guermantes; el barón de Charlus, un hombre de gran poder y carácter y que no por nada conocemos en el libro Sodoma y Gomorra; Bloch, amigo también de Marcel que comparte su pasión por la literatura pero quien sí se dedica a la escritura; y Bergotte, escritor al que Marcel admira profundamente y que termina siendo una gran decepción para él cuando finalmente lo conoce.
Muchos de estos personajes, como es de suponer, están inspirados en personas a las que Proust conoció y son el marco ideal para poder comparar diversos mundos (el cotidiano, el opulento, el del ejército, el artístico), y ver cómo estos son alterados por el paso del tiempo, sobre todo cuando se desencadena la Primera Guerra Mundial.
El último libro es el de más peso, no sólo por el cambio que se genera en el protagonista, sino porque, víctimas del paso del tiempo, las costumbres, los mundos selectos, la alta sociedad, París mismo y el mundo, se encuentran radicalmente cambiados, muchos a un paso de desaparecer.
Por eso, si llegaba a disponer de bastante tiempo para realizar mi obra, no dejaría de describir en primer lugar a los hombres, aunque con ello los hiciera parecer seres monstruosos, como ocupantes de un lugar tan considerable, junto al -tan limitado- que les está reservado en el espacio, un lugar, al contrario, prolongado sin medida, ya que tocan simultáneamente, como gigantes sumergidos en los años, épocas tan distantes, entre las cuales tantos días han ido a situarse... en el tiempo.

En un punto de la novela es la intención del protagonista que, al escribir su obra, el lector pueda a llegar a reconocerse en él, a convertirse en él. En mi caso sé que dicho afán se cumplió por parte del autor, pues en muchos momentos me sentí muy identificada con él, compartí su alegría y su dolor, su decepción, su agobio y también su gran necesidad de la literatura, sobre todo, capaz de quitarnos el sueño y enfrentarnos a su vez a nuestros mayores temores.
Quien decida incursionar en la lectura de En busca del tiempo perdido no sentirá precisamente que ha perdido el tiempo entre sus páginas, sino que de ellas ha salido más enriquecido.


Adaptación de El tiempo recobrado

Y si leíste los libros y quieres conocer cómo puede sonar la sonata de Vinteuil...



Sobre el autor




Nacido en París el 10 de julio de 1871, el nombre completo de este escritor francés es Valentin Louis Georges Eugène Marcel Proust. Hijo de Adrien Proust, un prestigioso médico de familia tradicional y católica, y de Jeanne Weil, alsaciana de origen judío, dio muestras tempranas de inteligencia y sensibilidad. A los nueve años sufrió el primer ataque de asma, afección que ya no le abandonaría, por lo que creció entre los continuos cuidados y atenciones de su madre. En el liceo Condorcet, donde cursó la enseñanza secundaria, afianzó su vocación por las letras y obtuvo brillantes calificaciones. Tras cumplir el servicio militar en 1889 en Orleans, asistió a clases en la Universidad de La Sorbona y en la École Livre de Sciences Politiques.

Durante los años de su primera juventud llevó una vida mundana y aparentemente despreocupada, que ocultaba las terribles dudas que albergaba sobre su vocación literaria. Tras descartar la posibilidad de emprender la carrera diplomática, trabajó un tiempo en la Biblioteca Mazarino de París, decidiéndose finalmente por dedicarse a la literatura. Frecuentó los salones de la princesa Mathilde, de Madame Strauss y Madame de Caillavet, donde conoció a Charles Maurras, Anatole France y Léon Daudet, entre otros personajes célebres de la época.

Sensible al éxito social y a los placeres de la vida mundana, el joven Proust tenía, sin embargo, una idea muy diferente de la vida de un artista, cuyo trabajo sólo podía ser fruto de «la oscuridad y del silencio». En 1896 publicó Los placeres y los días, colección de relatos y ensayos que prologó Anatole France. Entre 1896 y 1904 trabajó en la obra autobiográfica Jean Santeuil, en la que se proponía relatar su itinerario espiritual, y en las traducciones al francés de La biblia de Amiens ySésamo y los lirios, de John Ruskin.

Después de la muerte de su madre (1905), el escritor se sintió solo, enfermo y deprimido, estado de ánimo propicio para la tarea que en esos años decidió emprender, la redacción de su ciclo novelesco En busca del tiempo perdido, que concibió como la historia de su vocación, tanto tiempo postergada y que ahora se le imponía con la fuerza de una obligación personal. Anteriormente, había escrito para Le Fígaro diversas parodias de escritores famosos (Saint-Simon, Balzac, Flaubert), y comenzó a redactar Contre Sainte-Beuve, obra híbrida entre novela y ensayo con varios pasajes que luego pasarían a En busca del tiempo perdido.

Consumado su aislamiento social, se dedicó en cuerpo y alma a ese proyecto; el primer fruto de ese trabajo sería Por el camino de Swann (1913), cuya publicación tuvo que costearse él mismo ante el desinterés de los editores. El segundo tomo, A la sombra de las muchachas en flor (1918), en cambio, le valió el Premio Goncourt. Los últimos volúmenes de la obra fueron publicados después de su muerte por su hermano Robert.


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