martes, 23 de noviembre de 2010

Florencio Sánchez y cien años de teatro uruguayo.




Nació el 17 de enero de 1875 en Montevideo (Uruguay). Hijo de Olegario Sánchez y de Josefa Mussante, tuvo 11 hermanos. Tras abandonar sus estudios secundarios, aunque fue un incansable lector, alternó su vida entre Montevideo, Buenos Aires y Rosario. Fue en estas ciudades donde desarrolló una intensa labor periodística (La Voz del Pueblo, El Siglo, La Razón, El Nacional, El País) y teatral.

Al estallar en 1897 la guerra civil en Uruguay, se incorporó a las filas de Aparicio Saravia en seguimiento de la tradición partidaria de su familia, ocasión en que trabó contacto con algunas destacadas personalidades de la intelectualidad, como Eduardo Acevedo Díaz. Consternado por el clima que rodeaba al alzamiento, desertó y pasó a Brasil. De este período surgirá su desencanto por las posturas políticas tradicionales, reflejado en sus Cartas de un flojo, y comienza su activa militancia en el anarquismo. Escribió en La Protesta y en la revista El Sol dirigida por Alberto Ghiraldo. Sus obras Ladrones y Puertas Adentro se inscriben dentro del modelo anarquista.

En Montevideo ingresó al Centro Internacional de Estudios Sociales, (organización literaria de carácter libertario, cuyo lema era: "El individuo libre en la comunidad libre"). En Rosario fue secretario de redacción de La República, publicación dirigida por Lisandro de la Torre. Fue aquí donde publicó sus primeras notas de carácter político y social. En ellas aparecía el realismo crítico y mordaz que caracterizó a su producción teatral.

En 1903 escribe M'hijo el dotor, que se estrena con gran éxito en Buenos Aires (según las ediciones, en el Teatro Comedia de Buenos Aires, y según Carlos Alberto Loprete, en el Teatro Coliseo).

El 25 de septiembre de 1903 se casó con Catalina y sus padrinos fueron José Ingenieros y Joaquín de Vedia. 
También en 1903 escribió el sainete La gente honesta y su primera obra teatral Canillita, que se representó por una compañía española de zarzuelas. Solidario con los obreros gráficos en huelga, pierde el empleo. A su vez la policía impide el estreno de La gente honesta. Sin embargo, Sánchez no declina su compromiso ideológico.

En 1906, Sánchez se instala en La Plata, donde trabajó en la Oficina de identificación Antropométrica, que había sido fundada por el policía Juan Vucetich. Apasionado observador, Sánchez tuvo como temas preferidos para sus obras de teatro la vida proletaria, la familia, el conventillo, los inmigrantes, representó diversos tipos sociales en ambas orillas del Río de la Plata, mostrando miserias y esperanzas del mundo del trabajo a través de la vida cotidiana de sus personajes.

El 25 de septiembre de 1909 embarcó hacia Europa en el barco italiano «Príncipe di Udine» como comisionado oficial del presidente uruguayo, Claudio Williman, para informar sobre la conveniencia o no que el gobierno uruguayo participara en una proyectada Exposición Artística en Roma, llegando a Génova el 13 de octubre de 1909. Después de pasar unos meses derrochando una importante suma de dinero como anticipo de los derechos de representación de sus obras en Europa en diferentes ciudades italianas y francesas, enfermo de tuberculosis, murió a las 3 de la madrugada del 7 de noviembre de 1910 en el Hospital de Caridad «Fate Bene Fratelli» de Milán (Italia), donde había estado internado cinco días antes por una bronquitis en el pulmón izquierdo. El 21 de enero de 1921 sus restos mortales llegaron a Montevideo y fueron llevados al Panteón Nacional.

Según recuerda Roberto Giusti fue Florencio: “Alto, flaco, encorvado, con aquella cara mansa y aindiada a la que los ojos saltones y encapotados, el labio inferior caído y la mandíbula larga daban cierto aire de bobería, tenía el aire vulgar de muchachón bueno, y nada más. Cuando estaba en vena de hablar (…) lo hacía con confusa abundancia, animando su verba con un continuo mover de los largos brazos desgarbados. Lo más simpático de su fisonomía era la risa efusiva derramada en toda ella, (…) una risa tras la cual asomaba una punta de melancólica burla ".

En homenaje al escritor, en la fecha de su muerte, se conmemora el Día del Canillita, el vendedor de periódicos en la calle, en la Argentina y Uruguay. Luego de su muerte, la Municipalidad de La Plata puso su nombre a la Diagonal 75.



Florencio Sánchez y Eduardo Acevedo Díaz: amistad y literatura.



Según declara Acevedo Díaz en el citado artículo ("Los últimos momentos de Florencio Sánchez" y fue escrito en Río de Janeiro el 15 de febrero de 1913), sus relaciones con Florencio Sánchez databan de la juventud del dramaturgo: "Desde muy jovencito era mi amigo, me escuchaba y algunas veces me entendía. Yo lo estimaba de verdad y lo alentaba en sus esfuerzos y trabajos literarios". Entre Acevedo Díaz y Florencio Sánchez mediaban algunas décadas. Acevedo había nacido en 1851.

Florencio era del 1875. Casi un cuarto de siglo los separaba. Más profundamente, tal vez, los separaba la concepción y práctica del arte literario. Acevedo Díaz se había formado en el crepúsculo del romanticismo que tarda en llegar al Plata pero encuentra aquí tierra propicia y se afinca. Aunque llegó a conocer la renovación naturalista (hay páginas curiosas sobre Diderot como precursor en un artículo de 1900, hay una calificación reservada del naturalismo en ese mismo texto). Acevedo Díaz era ya un escritor formado cuando Reyíes y Javier de Viana introducen la nueva escuela en la novela uruguaya,

Florencio, en cambio, se había formado en la última década del siglo, en pleno florecimiento modernista. Había sentido la influencia directa del teatro italiano del naturalismo, había vivido en la acción periodística de la cuenca del Plata esa renovación que produjo tanta obra malograda y algunas de las más perdurables creaciones de nuestras letras. Como escritores, el autor de Ismael y de Soledad, el dramaturgo de M'hijo el dotor y Barranca abajo no podían estar más separados. Incluso es distinto el mundo campesino que levantan en sus respectivas obras. Para Acevedo Díaz (que alcanzó en la revolución de 1870 la última palpitación del espíritu gauchesco) era necesario hundir la mirada en las raíces de nuestra nacionalidad, de nuestra sociabilidad (como le gustaba decir). El gaucho que él pinta es el ser cuya epopeya se confunde con los orígenes de la patria. Aún en Soledad, de imprecisa ubicación cronológica, el gaucho es el de contornos individualistas, asocíales, y de acento épico.

El gaucho de Florencio Sánchez es el vencido, la escoria abandonada por una sociedad que ha progresado demasiado rápidamente y a contrapelo. Es el viejo inútil de La Gringa, es el obsoleto Zoilo de Barranca abajo: seres que tienen que amoldarse a las circunstancias, aceptar el cambio o desaparecer. Y aunque no incurre en ciertos excesos doctrinarios que afean las primeras obras de Javier de Viana, Florencio Sánchez no deja de apuntar inflexiblemente (y a pesar de la enorme simpatía que siente por el gaucho vencido) su condición de objeto superfluo para una nueva sociedad. En sus obras ya aparece el nuevo tipo campesino: el paisano, de origen extranjero muchas veces.

Sin embargo, no cabe dudar del comentario amistoso de Acevedo Díaz. Las diferencias de edad y de concepción literaria podían compadecerse con una auténtica simpatía humana. Debe lamentarse que en su artículo Acevedo Díaz no sea más explícito, que no dé antecedentes sobre sus relaciones con Florencio. Acevedo lo estimaba. El destino los vuelve a enfrentar en Italia, hacia 1910. Florencio iba como enviado del presidente de la República, el Dr. Williman, en una misión oficial, mero pretexto para facilitarle el tan anhelado viaje a Europa que Rodó. como diputado, había fracasado en conseguirle.
El año es, pues, el último de la vida de Florencio. El escenario del encuentro, Roma.

Paseos por Roma.

Hay un largo, elaborado pasaje de los paseos de ambos en Roma que contiene la clave de este ilustre desencuentro. No me excuso de la extensión de la cita porque me parece suficientemente ilustrativa. Acevedo Díaz empieza por reconocer candidamente que no era fácil tratar a Florencio. Pero, dejémosle la palabra. Su estilo no tolera síntesis.

"Resolví, pues, proporcionarle oportunidades de distraerse y de estimular sus dotes de dramaturgo afín de inclinarlo a trabajar y producir. Con todo. ¡era tan difícil adivinar los gustos y predilecciones de aquel joven lleno de rarezas! Había, no obstante que ensayar. ¿A qué lugares lo ¡levaría que exaliaran su mente y lo predispusieran a la inspiración y a la labor estética?

Era un problema.

¿Allí, donde el mar entona duramente las noches invernales sus furiosos himnos de espuma y borrasca que estremecen los peñascos seculares y graban en la arena de las playas el idioma del abismo? No, no eran para cautivarle las monotonías de un coro siempre igual de agudos silbidos y las notas de bajo profundo del oleaje turbulento. Otros alicientes necesitaba su espíritu calmoso y adormido. Aquellos espectáculos de la naturaleza en desorden y aquellos estruendos nunca oídos sino en los dominios del piélago no producían en él más ecos que un fósil caracol marino.

¿Sería, entonces allí, donde las ruinas sombrías cuentan a la noche y al silencio la tradición de dos mil años, hirsutas en el espacio, a modo de águilas que parecieran tener ocho alas para alzarse ufanas con todos los trofeos del mundo conocido?

¿Allí donde los restos del teatro antiguo, como el teatro de Marcelo, sirven de madriguera a bajos oficios, en el sitio mismo en que se representaban los dramas y tragedias que ningún moderno ha superado?

¿Allí, donde se declamaban el latín de Ovidio, de Marcial, de Lucrecio, y solían reproducirse los sones el platagón y del sistro, del alfa de la música griega como una perpetuidad de los tiempos en que los dioses vagaban por la tierra?

No; nada de eso conmovía su espíritu.

Miraba con indiferencia. El escombro, la piedra sucia, la estatua mutilada, símbolos de lo muerto, recuerdos imponentes de una vida anterior, no eran para su vida actual, ni encuadraban en su temperamento, ni decían a su ánimo taciturno cosas que lo soliviantasen por un rapto de admiración o de simple interés, siquiera pasajero.

Acaso, me dije, en las clásicas galerías de lienzos y esculturas maestras: en las gradas del Coliseo —el teatro gigante de las pasiones en masas y de los sacrificios en carne viva—; en el fondo tenebroso de las catacumbas, asilos y osarios de generaciones perseguidas, ciudad subterránea del prístino credo, de los poemas místicos, de los mártires ignorados; en las catedrales y basílicas llenas de prodigiosos monumentos; en los conventos medievales con aspecto de enormes mausoleos, en cuyos recónditos la vida se arrastra y siente una atmósfera nunca renovada de seis o siete siglos, como si allí la marcha del tiempo siguiera midiéndose con la ampolleta de arena; los parques, los paseos, las villas, las campiñas, acaso, pensé, lodo esto en conjunto lo sorprenda, lo enajene, lo impresione al menos lo bastante para sustraerlo a sus hábitos de existencia errabunda.
Intenté. Dócil como un niño se dejó llevar a todas parles; dócil escuchó"
.

Pero no hablaba, y si hablaba era para recordar (como el propio Acevedo Díaz lo subraya) lo "muy parciales y hostiles que habían sido para él muchos hombres de su generación, así como de cuan agradecido estaba a algunos que después de haberle negado habían concluido por reconocerle lo único que constituía su orgullo: sus aptitudes para las obras de escenas". De las ruinas, de las famosas perspectivas, de los monumentos históricos, de todo lo que constituye el deleite de los hombres cuya memoria se enraiza en el pasado más remoto, nada. Florencio callaba o interrumpía a su erudito interlocutor para volver la mirada al presente, al pasado más inmediato y parroquial, a su pasado.

Una lagartija entre las ruinas.

Con objetividad, perplejo, Acevedo Díaz cuenta y no entiende. Ante los solemnes espectáculos, las fastuosas ruinas, Florencio actúa sorprendentemente. "Si algunas cosas lo suspendieron o asombraron, ninguna observación oponuna hizo, ni un solo comentario. Concluía por encogerse de hombros. Todo eso le fastidiaba. En su rostro, en su palidez amarillenta, ni una línea se contraía. En el palacio Spada, frente a la estatua de Pompeyo, volvió a poco la espalda. En el templo de Vesta encendió un cigarrillo. En el arco de Tipo movió la cabeza con levedad y su mirada se perdió somnolienta en los contornos, como absorbido por algo que estaba lejos de aquellos fantasmas de la vieja historia.

¿Presentía, tal vez, que él también comenzaba a ser ruina? Roma le dolía; le dolía los ojos ver los ladrillos negros, esos montones en hilera de la Vía Appia semejantes a rezagos de un saqueo y de un incendio. A ocasiones una lagartija le producía una impresión de sorpresa y contento y seguíala con la mirada curiosa hasta su escondrijo. Luego se reía como una criatura, más que con la boca, con los ojos. Su mano larga, con todos sus dedos flacos juntos, señalaba la marcha veloz del pequeño saurio a lo largo del vetusto murallón"
.

Dando obstinadamente la espalda a las ruinas, Florencio estira la mano para señalar una lagartija. Y cuando Acevedo Díaz le habla de los imperios desgastados por el roce del tiempo (o alguna otra imagen retórica equivalente), Florencio abre la boca para acordarse de quienes lo despreciaron en la patria chica. Acevedo Díaz, para consolarlo, se prodiga en una disertación sobre la envidia del prójimo y sobre el destino de los profetas en su tierra. Se exalta, su educación clásica le sugiere símiles y acaba redondeando una imagen tradicional: "... aún cuando el mito de Icaro no sea más que una clásica y honda ironía, los que usan alas de cera se imaginan por el contrario que el mito importa perdurable elogio hacia el esfuerzo por alcanzar la región de la luz; siendo por ende los pulmones del águila caudal en comparación...

Aquí volvió Florencio a interrumpirle, para bisbisear, con mirar opaco y sonrisa leve:

—Plumas de pollo embadurnadas en palo de gallinero"
.

Mientras uno habla del arco de Tito, de las catacumbas, del enorme y nocturno Coliseo, el otro sigue el trazo de una lagartija entre las ruinas: mientras uno se remonta (y cae) con Icaro, el de las alas de cera, el otro musita, irónico, el símil del palo del gallinero. Un diálogo de sordos, es claro, a pesar de la bondad de Acevedo Díaz, a pesar de su sincero deseo de ofrendar a Florencio, al muchacho amarillo y taciturno, la fastuosa hospitalidad de las ruinas, de los recuerdos prestigiosos, de la más castigada retórica. Entonces Florencio huyó, sin decir una palabra, inesperada y silenciosamente, a morir entre manos ajenas, en una ciudad lluviosa.

Lo que la honestidad de Acevedo Díaz no pudo entender, lo que su educación y sus gustos literarios le impidieron entender, fue que Florencio (moribundo, irremediablemente perdido ya) prefería estirar la mano, los flacos dedos juntos, para apuntar a una lagartija viva que para tocar las ruinas, demasiado sobadas por el tiempo y la retórica, de la ciudad imperial. La lagartija era de este mundo.

En cuanto a Acevedo Díaz, al noble y candido Acevedo Díaz, el artículo es suficientemente revelador. Dentro de la obra de Florencio sus preferencias (parece deducirse de una alusión del mismo artículo) se inclinaban por Los derechos de la salud, "muestra elocuente de aquel pensar profundo que él clareó en la escena con toques magistrales". Tal vez (para nosotros), la obra más fallida, más muerta, de Sánchez porque lo que es el mejor conflicto dramático vivo, diálogo de terrible inmediatez, es en ésta retórica y explícito mensaje. Palabras muertas, en fin. Entre las inscripciones sepulcrales de Roma y esa lagartija que merodea por ellas, Florencio (el verdadero Florencio), supo elegir.


Legado.

En los cien años transcurridos desde su muerte, varias generaciones de directores teatrales han incursionado en obras de Sánchez, lo que parece abonar un consenso en torno a la importancia de su obra, más allá de las diferencias epocales. No cabe duda de que nuestro mundo es muy otro, pero comparte con el del 900 la conciencia de estar viviendo profundas transformaciones culturales y sociales. Florencio creyó en la misión del teatro como espejo de una sociedad, y es esa convicción lo que vuelve desafiante su legado.



Obras teatrales:

  • La gente honesta (sainete; estrenada el 26 de junio de 1903. Fue retitulada Los curdas)
  • M'hijo el dotor (tragicomedia en tres actos; estrenada el 13 de agosto de 1903)
  • Canillita (sainete, estrenado el 2 de octubre de 1903)
  • Cédulas de San Juan (sainete en dos actos; estrenada el 7 de agosto de 1904)
  • La pobre gente (comedia en dos actos, estrenada en octubre de 1904)
  • La gringa (comedia en cuatro actos, estrenada el 21 de noviembre de 1904)
  • Barranca abajo (tragedia en tres actos; estrenada el 26 de abril de 1905)
  • Mano santa (sainete; estrenada el 9 de junio de 1905)
  • En familia (tragedia en tres actos; estrenada el 6 de octubre de 1905)
  • Los muertos (comedia en tres actos; estrenada el 23 de octubre de 1905)
  • El conventillo (zarzuela en un acto, estrenada el 22 de junio de 1906)
  • El desalojo (sainete; estrenada el 16 de julio de 1906)
  • El pasado (comedia en tres actos; estrenada el 22 de octubre de 1906)
  • Los curdas (sainete; estrenada el 2 de enero de 1907)
  • La tigra (sainete; estrenada el 2 de enero de 1907)
  • Moneda falsa (sainete; estrenada el 8 de enero de 1907)
  • El cacique Pichuleo (zarzuela; estrenada el 9 de enero de 1907)
  • Los derechos de la salud (comedia en tres actos; estrenada el 4 de diciembre de 1907)
  • Nuestros hijos (comedia en tres actos; estrenada en junio de 1908)
  • Marta Gruni (sainete; estrenada el 7 de julio de 1908)utilizada como texto para una ópera por Jaurés Lamarque Pons en 1967
  • Un buen negocio (comedia en dos actos; estrenada el 2 de mayo de 1909)
Periodísticas:

  • Cartas de un flojo (1900)
  • El caudillaje criminal en Sudamérica (1903)

Fuentes:

Biografía y comentarios: 
- El Cultural, suplemento del diario El País edición del día viernes 19 de noviembre de 2010. Notas "Fundador del teatro rioplatense", es sólo un párrafo el que tomo, pero pueden leer más dando clic en el título de la nota, o pueden acceder a todas las que se escribieron en esa edición dando clic en el nombre del suplemento.

Sobre la relación de F. Sánchez y E. Acevedo Díaz:
Acevedo Díaz y Florencio Sánchez - Un ilustre desencuentro, por Emír Rodríguez Monegal. Publicado en Espacio Latino (Letras de Uruguay). El texto de Monegal es mucho más amplio, yo sólo tomé lo que me pareció más complementario a la otra información, pero pueden leerlo completo dando clic en el título del artículo.

Cita de Roberto Giusti: Archivo de Prensa Uruguay.


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