jueves, 15 de julio de 2010

Últimos poemas - Olga Orozco.



Título original: Últimos poemas.
Editorial: Bruguera.
Año: 2009.




Llegué a Olga Orozco a través de un poema que leí en otro libro de varios autores.
Pero ella llegó a mí a través de éste brevísimo libro, "Últimos poemas", que como bien lo dice el título, reúne los últimos textos que escribiera y dejara preparados para su publicación póstuma.
Leyéndolo, me encontré visitando un bosque inmenso donde conviven la luz con la oscuridad, los lobos, las brujas, las sombras, el cielo infinito y los ángeles. Cada poema representa un canto a la vida, un desvío para despistar a la muerte, pero siempre sabiendo que ésta acecha y que "consume un poco cada día esta mano / que asomo a través de la jaula, / a través de mi cuento, hasta el otro final".


El libro no se encuentra en formato digital, así que voy a pasarles el índice para que puedan buscar algo de su poesía, si aún no la conocen. Por otro lado les comento que editorial Bruguera tiene varios títulos de poesía, bajo precios sumamente razonables. Éste cuesta menos que un libro de edición de bolsillo y está muy cuidado, además de contar con un prólogo de Ana Becciú, encargada de poner un orden a los poemas que Olga Orozco dejó separados en dos carpetas.


Cuento de invierno.
Conversación con el ángel.
¿Eres tú quien llama?
Allá lejos, ¿para qué?
Himno de alabanza.
Algunas anotaciones alrededor del miedo.
Balance de la sombra.
Lo que fue; lo que no ha sido.
Un relámpago, apenas.
Había una vez.
En el fondo, el sol.
Vuelve cuando la lluvia.


Estos son algunos de los poemas del libro:


Algunas anotaciones alrededor del miedo.

¿Qué puerta es esa que se entreabre y chirría en la
noche
como si graznara el cuervo del último tejado?
Yo no he llamado a nadie. Yo no he pedido entrar
en otro encierro.
Y ningún visitante puede venir aquí para
envolverme como ráfaga dulce,
como una boa de aterciopeladas y calientes plumas.
Recuerdo, déjenme recordar
(tengo que asirme de algo hasta que se atavíe de
color lo invisible),
entre la incertidumbre y el pavor recuerdo
cualquier día,
cuando el mundo empezaba frente a mis pies
menudos como un festival de soles
invitándome a entrar,
y yo, con los bolsillos repletos de cristales, de
cosechas sagradas y amuletos,
rechazaba de pronto los esplendores y los
descubrimientos,
mis pasos paralizados un instante y en seguida
llevándome hacia atrás,
lejos de aquellas puertas transparentes
a las que se asomaban sólo los espantajos y el
estrangulador.
Tal vez no hubiera nadie.
Que se contagie ahora la noche y no haya nadie.
Que me asista el espejo sin crueldad,
que las sagradas imágenes bajen y me asistan,
y la respiración de todos los que duermen
acompañe mi solitaria sombra.
Pero sólo el rumor de una maldad sin rostro me
responde.
Imposible aferrarse de las alas del tiempo:
su vuelo soy yo misma.
Porque gira y avanza irrevocable la rueda más veloz
de la memoria
sobre rieles que corren como un escalofrío, como
un tajo fulminante y sin fin,
arrastrando su carga, el repertorio de las
transformaciones.
No serpientes, ni asaltantes, ni crímenes.
Detrás de las cándidas imágenes llega mi
propio infierno.
Vuelvo a un amanecer sobre las aguas quietas en un
muelle lejano, por ejemplo,
y hay una mancha roja que aparece de pronto en la
pared
y después ya no está sino negras fisuras
por donde me arrebatan la bella inconsistente y
siempre amenazada realidad
y es una telaraña esa que me presencia sentenciosa y
fatal
lo mismo que la noche cuando me aprisiona con su
desmesura desde todos lados
y me asfixia su vaho de otro mundo arrojado a la
cara
mientras intento huir reteniendo mis huesos tan
ajenos adentro de mi piel
con ese extrañamiento de quien perdió el dominio
de su ya inadaptable anatomía
pero debo seguir suspendida del hilo
aferrada de un último color
con tal de no caer sólo alma desnuda y desvarío
sobre la boca abierta del abismo
aquí donde voy cayendo
y caigo y caigo
hacia ninguna parte.
Padre, padre, siento que todos me han abandonado
o tal vez sea yo quien abandona todo.
Aunque quizás aún esta puerta que se abre y chirría 
en la noche me retiene
y quizás estos ojos no copiarán jamás la verdadera
forma de las oscuridades que me acosan.
¡Ah, los abusos del miedo probándome los trajes de 
la muerte!
¿Y por qué no ha de ser extraordinario este feroz
descenso,
esta vertiginosa bocanada que me envuelve y me
arrastra
y al final me reduce a temblor y a silencio?
¿Acaso vale más ver una catedral en una gota de
agua
o mirar cómo pasa flotando en una nube la Ciudad
de los Césares?


Un relámpago, apenas.

Frente al espejo, yo, la inevitable:
nada que agradecer en los últimos años,
nada, ni siquiera la paz con las señales de los
renunciamientos,
con su color inmóvil.
Esta piel no registra tampoco el esplendor del paso
de los ángeles,
sino sólo aridez, o apenas la escritura desolada del
tiempo.
Esta boca no canta.
Ancha boca sellada por el último beso, por el
último adiós,
es una larga estría en un mármol de invierno.
Pero ninguna marca delata los abismos
- ah intolerables vértigos, pesadillas como un túnel
sin fin - 
bajo el sedoso engaño de la frente que apenas si
dibuja unas alas en vuelo.
¿Y qué pretenden ver estos ojos que indagan la
distancia
hasta donde comienza la región de las brumas,
ciudades congeladas, catedrales de sal y el oro viejo
del sol decapitado?
Estos ojos que vienen de muy lejos saben ver más allá,
hasta donde se quiebran las últimas astillas del reflejo.
Entonces apareces, envuelto por el vaho de la más
lejanísima frontera,
y te buscas en mí que casi ya no estoy, o apenas si
soy yo,
entera todavía,
y los dos resurgimos como desde un Jordán
guardado en la memoria.
Los mismos otra vez, otra vez en cualquier lugar del
mundo,
a pesar de la noche acumulada en todos los
rincones, los sollozos y el viento.
Pero no; ya no estamos. Fue un temblor, un
relámpago, un suspiro,
el tiempo del milagro y la caída.
Se destempló el azogue, se agitaron las aguas y te
arrastró el oleaje
más allá de la última frontera, hasta detrás del
vidrio.
Imposible pasar.
Aquí, frente al espejo, yo, la inevitable:
una imagen en sombras y toda la soledad
multiplicada.




Sobre la autora:








Olga Orozco nació en Toay, La Pampa, el 17 de marzo de 1920. Sus primeros años transcurrieron entre aquella población y Buenos Aires. En 1928, la familia se trasladó a Bahía Blanca, donde Olga se aficionó al mar, tema recurrente en su obra.
En 1936 se instaló en Buenos Aires, donde se recibió de maestra. Allí conoció a un grupo de colegas (más tarde calificado como la generación del 40) que cultivaban el surrealismo y fundaron la revista Canto.
Olga tuvo la oportunidad de viajar por países de América y Europa. Trabajó en el periodismo utilizando numerosos seudónimos.
Sus poemas atraían a poetas de las nuevas generaciones, que con frecuencia en homenajes y recitales rodeaban a Olga y la aclamaban, atraídos por sus textos, sin duda, pero también por su seductora personalidad. Leía inmejorablemente y, gracias a esa virtud, sus recitales resultaban espectáculos que encendían el entusiasmo del público.
Entre los premios que recibió destacan: el Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía, el Premio Municipal de Teatro por una pieza inédita titulada Y el humo de tu incendio está subiendo; el Gran Premio del Fondo Nacional de las Artes, el Premio Gabriela Mistral, otorgado por la OEA y el Premio Juan Rulfo que recibió en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en 1998.
La muerte, el tiempo, lo sagrado, el consuelo a través e la palabra fueron rasgos fundamentales de su poesía y que se advirtieron ya desde su primer libro, Desde lejos (1946), y se confirmaron en los siguientes: Las muertes (1952), Los juegos peligrosos (1962), Museo salvaje (1974), Cantos a Berenice (1977), Mutaciones de la realidad (1979), La noche a la deriva (1984), En el revés del cielo (1987), Con esta boca, en este mundo (1994) y la antología Relámpagos de lo invisible (1998).
Olga Orozco murió en Buenos Aires a los 79 años, el 15 de agosto de 1999.


Biografía tomada de www.escribirte.com.ar