sábado, 29 de mayo de 2010

Poesía de Álvaro Figueredo.



Sí, Polícrates...

Álvaro, adiós... anillo descuajado,
echo a la mar este Álvaro y lo olvido:
de mar en mar más Álvaro perdido,
cuando en mi adiós más Álvaro ganado.

Ah, pero el viento... anillo rechazado,
vuelve a la mar el aire, arrepentido,
un Álvaro de sal que nunca he sido.

Ah, pero el viento... anillo rechazado,
echa la mar a un aire sin sentido,
un Álvaro de sal que nunca he sido,
anillo azul aunque Álvaro varado.

Álvaro, ¿quién es Álvaro?
A mi dedo sacrificado vuelvo - Álvaro todo-
la sierpe fiel con que el amor anudo.

¿Quién es el mar, Polícrates?
Me quedo sin Mariblanca... Adiós, niños del yodo.
Viuda la mar de mí, yo de ella viudo...


 Narciso enlutado.

Abro el umbral del Álvaro en que moro,
junto en mi voz el Álvaro que aspiro.
Doy un Álvaro al aire, si suspiro,
y arrojo al mar un Álvaro, si lloro.

Cae del cielo un Álvaro, si imploro,
nace en mi sombra un Álvaro si expiro,
y, Álvaro solo y sin razón, me miro
si Álvaro tanto, a solas, atesoro.

De Álvaro tanto, mas que dueño, avaro,
me voy llorando al Álvaro mas duro
para olvidar al Álvaro en que muero.

Mas sin quererlo, el Álvaro mas claro
le brindo el cáliz del Álvaro que apuro,
para escuchar los Álvaros que espero.


Teoría del suicida

Dadle un teatro una tribuna un pórtico
dadle un balcón de gala
dadle su frac su cátedra amarilla
quiere morir al alba
o a la hora del té
dictando su discurso
con su chaleco blanco
dadle un bastón un arpa una azucena
un espejo una góndola
devolvedle los yo que le usurparon
yo en el tranvía yo bajo los árboles
yo danzando es decir él y la luna
su yo su yo sus guantes de gamuza
el actor va a cesar está vacío
su guardarropa nadie
le llame Juan nombradle
el bienaventurado el almirante
de sus yo porque es él
quien rema besa canta se extasía
ante el atrio del templo
quiere ocultar sus yo bajo una loza
blanca a la izquierda en el jardín lo avistan
le denuncian el yo desguarnecido
y el trepa al campanario y se despeña
.


 Romance a Abel Martín.

Hace mil años, un día
al pie del mar de un espejo,
me quedé muerto mirando la sinrazón de mi sueño.
Desde mi voz descendían
gaviotas de pecho negro,
y el mar estaba de pie
temeroso de mi aliento.
Se ahogaba un niño de miel
en  su fulgor pasajero
y me lloraba el cristal
donde yo me estaba viendo.
Mi mar era un niño azul
vestido de terciopelo,
con dos ojos desvelados
mirando mis ojos ciegos.
Le pregunté quien vivía
del otro lado del viento,
y el mar se burló de mi,
con sus razones de espejo.
Así me encontré una vez,
con Álvaro Figueredo,
en un rincón de mi casa
un crepúsculo de invierno.
Mi sombra estaba detrás
de la pared del espejo,
y era el espejo un carruaje
llevándose un niño muerto.

Otra vez me puse a hablar
con Álvaro Figueredo.
era un miércoles amargo
y al pie del mar verdadero.
Un ancho toro de espuma
con las pezuñas de fuego,
iba quebrando el crepúsculo
donde yo me estaba viendo.
El mar estaba sin ojos
ese miércoles de enero
y se trenzaban la barba
con los olvidos del tiempo.
Yo estaba solo y miraba
al mar con ojos ajenos.
Mis ojos lloraban lentas
gaviotas de pecho negro.
De mar en mar se escuchaba
el llanto del campanero.
El mar estaba en el mar
y el mar estaba en mis sueños.
Le pregunté quién vivía
del otro lado del viento,
y el mar se burló del mar
como si fuera un espejo.
Los dos quedamos al pie
del mar que nunca sabremos:
Mi voz un poco mas fría
y el mar un poco mas negro.
El mar estaba dormido
soñando un miércoles muerto.
Pero yo estaba soñando
durmiendo un miércoles ciego.
Ya nadie sabe quien soy
y en cuanto soy, solo veo
un mar que mira sin ver
las hojas de un mar eterno.
Si yo no fuera quién soy
Pensara que era un espejo.



Sobre el autor:


Álvaro Figueredo, poeta uruguayo, nació en 1907 en Pan de Azúcar, departamento de Maldonado.  
Ejerció como docente, colaboró con la revista escolar El Grillo y editó además el periodico literario Mástil. Escribió libros de poesía (Desvío de la estrella, Mundo a la vez), un libro de poesía infantil (Abc Del Gallito Verde) y una infinidad de ensayos (Lo faústico en la narrativa de Francisco Espínola, María Eugenia Vaz Ferreira y la soledad, Cómo aman los poetas, Visión de Martí, "María" la novela que hizo llorar "del Cauca del Plata, y ensayos autobiográficos como Destino y desatino de un Gallito Verde, Sentido del campo en mi vida y en mi poesía, La soledad del poeta en la tierra).
Gracias a su iniciativa se llevó a cabo el primer Congreso de Escritores del interior en 1938 y cincuenta años después volvió a repetirse, esta vez en la ciudad de Álvaro.  
Se casó con la poeta fernandina, Amalia Barla, con la que tuvo dos hijos.  
Falleció el 19 de enero de 1966 en su casa, la que hoy es un museo y biblioteca que lleva su nombre.