jueves, 16 de abril de 2026

La cámara oscura - Horacio Quiroga



Una noche de lluvia nos llegó al bar de las ruinas la noticia de que nuestro juez de paz, de viaje en Buenos Aires, había sido víctima del cuento del tío y regresaba muy enfermo.

Ambas noticias nos sorprendieron, porque jamás pisó Misiones mozo más desconfiado que nuestro juez, y nunca habíamos tomado en serio su enfermedad: asma, y para su frecuente dolor de muelas, cognac en buches, que no devolvía.

¿Cuentos del tío a él? Había que verlo. Ya conté en la historia del medio litro de alcohol carburado que bebieron don Juan Brown y su socio Rivet, el incidente de naipes en que actuó el juez de paz.

Llamábase este funcionario Malaquías Sotelo. Era un indio de baja estatura y cuello muy corto, que parecía sentir resistencia en la nuca para enderezar la cabeza. Tenía fuerte mandíbula y la frente tan baja que el pelo corto y rígido como alambre le arrancaba en línea azul a dos dedos de las cejas espesas. Bajo éstas, dos ojillos hundidos que miraban con eterna desconfianza, sobre todo cuando el asma los anegaba de angustia. Sus ojos se volvían entonces a uno y otro lado con jadeante recelo de animal acorralado―y uno evitaba con gusto mirarlo en tales casos.

Fuera de esta manifestación de su alma indígena, era un muchacho incapaz de malgastar un centavo en lo que fuere, y lleno de voluntad.

Había sido desde muchacho soldado de policía en la campaña de Corrientes. La ola de desa sosiego que como un viento norte sopla sobre el destino de los individuos en los países extremos, lo empujó a abandonar de golpe su oficio por el de portero del juzgado letrado de Posadas. Allí, sentado en el zaguán, aprendió solo a leer en "La Nación" y "La Prensa". No faltó quien adivinara las aspiraciones de aquel indiecito silencioso, y dos lustros más tarde lo hallamos al frente del juzgado de paz de Iviraromí.


Tenía una cierta cultura adquirida a hurtadillas, bastante superior a la que demostraba, y en los últimos tiempos había comprado la Historia Universal de César Cantú. Pero esto lo supimos después, en razón del sigilo con que ocultaba de las burlas ineludibles sus aspiraciones a doctor.

A caballo (jamás se lo vió caminar dos cuadras), era el tipo mejor vestido del lugar. Pero en su rancho andaba siempre descalzo, y al atardecer leía a la vera del camino real en un sillón de hamaca, calzado sin medias con mocasines de cuero que él mismo se fabricaba. Tenía algunas herramientas de talabartería, y soñaba con adquirir una máquina de coser calzado.

Mi conocimiento con él databa desde mi llegada misma al país, cuando el juez visitó una tarde mi taller a averiguar, justo al final de la ceremoniosa visita, qué procedimiento más rápido que el tanino conocía yo para curtir cuero de carpincho (sus zapatillas), y menos quemante que el bicromato.

En el fondo, el hombre me quería poco o por lo menos desconfiaba de mí. Y esto supongo que provino de cierto banquete con que los aristó cratas de la región—plantadores de yerba, autoridades y bolicheros—festejaron al poco tiempo de mi llegada una fiesta patria en la plaza de las ruinas jesuíticas, a la vista y rodeados de mil pobres diablos y criaturas ansiosas, banquete al que no asistí, pero que presencié en todos sus aspectos, en compañía de un carpintero tuerto que una noche negra se había vaciado un ojo por estornudar con más alcohol del debido sobre un alambrado de púa, y de un cazador brasileño, una vieja y huraña bestia de monte que después de mirar de reojo por tres meses seguidos mi bicicleta, había concluído por murmurar:

—Cavallo de pao...

Lo poco protocolar de mi compañía y mi habitual ropa de trabajo que no abandoné en el día patrio—esto último sobre todo,—fueron sin duda las causas del recelo de que nunca se desprendió a mi respecto el juez de paz.

Se había casado últimamente con Elena Pilsudski, una polaquita muy joven que lo seguía desde ocho años atrás, y que cosía la ropa de sus chicos con el hilo de talabartero de su marido. Trabajaba desde el amanecer hasta la noche como un peón (el juez tenía buen ojo), y recalaba de todos los visitantes, a quienes miraba de un modo abierto y salvaje, no muy distinto del de sus terneras que apenas corrían más que su dueña cuando ésta, con la falda a la cintura y los muslos al aire, volaba tras ellas al alba por entre el alto espartillo empapado en agua.

Otro personaje había aún en la familia, bien que no honrara a Iviraromí con su presencia sino de tarde en tarde: don Estanislao Pilsudski, suegro de Sotelo.

Era éste un polaco cuya barba lacia seguía los ángulos de su flaca cara, calzado siempre de botas nuevas y vestido con un largo saco negro a modo de caftán. Sonreía sin cesar, presto a adelantarse a la opinión del más pobre ser que le hablara; constituyendo esto su característica de viejo zorro. En sus estadías entre nosotros no faltaba una sola noche al bar, con una vara siempre distinta si hacía buen tiempo, y con un paraguas si llovía. Recorría las mesas de juego, deteniéndose largo rato en cada una para ser grato a todos; o se paraba ante el billar con las manos por detrás y bajo del saco, balanceándose y aprobando toda carambola, pifiada o no. Le llamábamos Corazón-Lindito a causa de ser ésta su expresión habitual para calificar la hombría de bien de un sujeto.

Naturalmente, el juez de paz había merecido antes que nadie tal expresión, cuando Sotelo, propietario y juez, se casó por amor a sus hijos con Elena; pero a todos nosotros alcanzaban también las efusiones del almibarado rapaz.


Tales son los personajes que intervienen en el asunto fotográfico que es el tema de este relato.

Como dije al principio, la noticia del cuento del tío sufrido por el juez no había hallado entre nosotros la menor acogida. Sotelo era la desconfianza y el recelo mismos; y por más provinciano que se sintiera en el Paseo de Julio, ninguno de nosotros hallaba en él madera ablandable por cuento alguno. Se ignoraba también la procedencia del chisme; había subido, seguramente, desde Posadas, como la noticia de su regreso y de su enfermedad, que desgraciadamente era cierta.

Yo la supe el primero de todos al volver a casa una mañana con la azada al hombro. Al cruzar el camino real al puerto nuevo, un muchacho detuvo en el puente el galope de su caballo blanco para contarme que el juez de paz había llegado la noche anterior en un vapor de la carrera al Iguazú, y que lo habían bajado en brazos porque venía muy enfermo. Y que iba a avisar a su familia para que lo llevaran en un carro.

—¿Pero qué tiene?—pregunté al chico.

—Yo no sé—repuso el muchacho.—No puede hablar... Tiene una cosa en el resuello...

Por seguro que estuviera yo de la poca voluntad de Sotelo hacia mí, y de que su decantada enfermedad no era otra cosa que un vulgar acceso de asma, decidí ir a verlo. Ensillé, pues, mi caballo, y en diez minutos estaba allá.

En el puerto nuevo de Iviraromí se levanta un gran galpón nuevo que sirve de depósito de yerba, y se arruina un chalet deshabitado que en un tiempo fué almacén y casa de huéspedes. Ahora está vacío, sin que se halle en las piezas muy oscuras otra cosa que alguna guarnición mohosa de coche, y un aparato telefónico por el suelo.

En una de estas piezas encontré a nuestro juez acostado vestido en un catre, sin saco. Estaba casi sentado, con la camisa abierta y el cuello postizo desprendido, aunque sujeto aún por detrás. Respiraba como respira un asmático en un violento acceso―lo que no es agradable de contemplar. Al verme agitó la cabeza en la almohada, levantó un brazo, que se movió en desorden, y después el otro, que se llevó convulso a la boca. Pero no pudo decirme nada.

Fuera de sus facies, del hundimiento insondable de sus ojos y del afilamiento terroso de la nariz, algo sobre todo atrajo mi mirada: sus manos, saliendo a medias del puño de la camisa, descarnadas y con las uñas azules; los dedos lívidos y pegados que comenzaban a arquearse sobre la sábana.

Lo miré más atentamente, y vi entonces, me dí clara cuenta de que el juez tenía los segundos contados: que se moría: que en ese mismo instante se estaba muriendo. Inmóvil a los pies del catre, lo vi tantear algo en la sábana, y como si no lo hallara, hincar despacio las uñas. Lo vi abrir la boca, mover levemente la cabeza y fijar los ojos con algún asombro en un costado del techo, y detener allí la mirada hasta ahora, fija en el techo de cinc por toda la eternidad.

¡Muerto! En el breve tiempo de diez minutos yo había salido silbando de casa a consolar al pusilánime juez que hacía buches de caña entre dolor de muelas y ataque de asma, y volvía con los ojos duros por la efigie de un hombre que había esperado justo mi presencia para confiarme el espectáculo de su muerte.


Yo sufro muy vivamente estas impresiones. Cuantas veces he podido hacerlo, he evitado mirar un cadáver. Un muerto es para mí algo muy distinto de un cuerpo que acaba simplemente de perder la vida. Es otra cosa, una materia horriblemente inerte, amarilla y helada, que recuerda horriblemente a alguien que hemos conocido. Se comprenderá así mi disgusto ante el brutal y gratuito cuadro con que me había honrado el desconfiado juez.

Quedé el resto de la mañana en casa, oyendo el ir y venir de los caballos al galope; y muy tarde ya, cerca de mediodía, vi pasar en un carro de playa tirado a gran trote por tres mulas, a Elena y su padre que iban de pie saltando prendidos a la baranda.

Ignoro aún por qué la polaquita no acudió más pronto a ver a su difunto marido. Tal vez su padre dispuso así las cosas para hacerlas en forma: viaje de ida con la viuda en el carro, y regreso en el mismo con el muerto bailoteando en el fondo. Se gastaba así menos.

Esto lo vi bien cuando a la vuelta Corazón-Lindito hizo parar el carro para bajar en casa a hablarme moviendo los brazos.

—¡Ah, señor! ¡Qué cosa! Nunca tuvimos en Misiones un juez como él. ¡Y era bueno, sí! ¡Lindito corazón tenía! Y le han robado todo. Aquí en el puerto... No tiene plata, no tiene nada.

Ante sus ojeadas evitando mirarme en los ojos, comprendí la terrible preocupación del polaco que desechaba como nosotros el cuento de la estafa en Buenos Aires, para creer que en el puerto mismo, antes o después de muerto, su yerno había sido robado.

—¡Ah, señor!—cabeceaba.—Llevaba quinientos pesos. ¿Y qué gastó? ¡Nada, señor! ¡El tenía un corazón lindito! Y trae veinte pesas. ¿Cómo puede ser eso?

Y tornaba a fijar la mirada en mis botas para no subirla hasta los bolsillos del pantalón, donde podía estar el dinero de su yerno. Le hice ver a mi modo la imposibilidad de que yo fuera el ladrón―por simple falta de tiempo,―y la vieja garduña se fué hablando consigo mismo.


Todo el resto de esta historia es una pesadilla de diez horas. El entierro debía efectuarse esa misma tarde al caer el sol. Poco antes vino a casa la chica mayor de Elena a rogarme de parte de su madre que fuera a sacar un retrato al juez. Yo no lograba apartar de mis ojos al individuo dejando caer la mandíbula y fijando a perpetuidad la mirada en un costado del techo, para que yo no tuviera dudas de que no podía moverse más porque estaba muerto. Y he aquí que debía verlo de nuevo, reconsiderarlo, enfocarlo y revelarlo en mi cámara oscura.

¿Pero cómo privar a Elena del retrato de su marido, el único que tendría de él?

Cargué la máquina con dos placas y me encaminé a la casa mortuoria. Mi carpintero tuerto había construído un cajón todo en ángulos rectos, y dentro estaba metido el juez sin que sobrara un centímetro en la cabeza ni en los pies, las manos verdes cruzadas a la fuerza sobre el pecho.

Hubo que sacar el ataúd de la pieza muy oscura del juzgado y montarlo casi vertical en el corredor lleno de gente, mientras dos peones lo sostenían de la cabecera. De modo que bajo el velo negro tuve que empapar mis nervios sobre excitados en aquella boca entreabierta más negra hacia el fondo más que la muerte misma en la mandíbula retraída hasta dejar el espacio de un dedo entre ambas dentaduras; en los ojos de vidrio opaco bajo las pestañas como glutinosas e hinchadas; en toda la crispación de aquella brutal caricatura de hombre.

La tarde caía ya y se clavó a prisa el cajón. Pero no sin que antes viéramos venir a Elena trayendo a la fuerza a sus hijos para que besaran a su padre. El chico menor se resistía con tremendos alaridos, llevado a la rastra por el suelo. La chica besó a su padre, aunque sostenida y empujada de la espalda; pero con un horror tal ante aquella horrible cosa en que querían viera a su padre, que a estas horas, si aún vive, debe recordarlo con igual horror.

Yo no pensaba ir al cementerio, y lo hice por Elena. La pobre muchacha seguía inmediatamente al carrito de bueyes entre sus hijos, arrastrando de una mano a su chico que gritó en todo el camino, y cargando en el otro a su infante de ocho meses. Como el trayecto era largo y los bueyes trotaban casi, cambió varias veces de brazo rendido con el mismo presuroso valor. Detrás, Corazón-Lindito recorría el séquito lloriqueando con cada uno por el robo cometido. 

Se bajó el cajón en la tumba recién abierta y poblada de gruesas hormigas que trepaban por las paredes. Los vecinos contribuyeron al paleo de los enterradores con un puñado de tierra húmeda, no faltando quien pusiera en manos de la huérfana una caritativa mota de tierra. Pero Elena, que hamacaba desgreñada a su infante, corrió desesperada a evitarlo:

―¡No, Elenita! ¡No eches tierra sobre tu padre!

La fúnebre ceremonia concluyó; pero no para mí. Dejaba pasar las horas sin decidirme a entrar en el cuarto oscuro. Lo hice por fin, tal vez a media noche. No había nada de extraordinario para una situación normal de nervios en calma. Solamente que yo debía revivir al individuo ya enterrado que veía en todas partes; debía encerrarme con él, solos los dos en una apretadísima tiniebla; lo sentí surgir poco a poco ante mis ojos y entreabrir la negra boca bajo mis dedos mojados; tuve que balancearlo en la cubeta para que despertara de bajo tierra y se grabara ante mí en la otra placa sensible de mi horror.

Concluí, sin embargo. Al salir afuera, la noche libre me dió la impresión de un amanecer cargado de motivos de vida y de esperanzas que había olvidado. A dos pasos de mí, los bananos cargados de flores dejaban caer sobre la tierra las gotas de sus grandes hojas pesadas de humedad. Más lejos, tras el puente, la mandioca ardida se erguía por fin eréctil, perlada de rocío. Más allá aún, por el valle que descendía hasta el río, una vaga niebla envolvía la plantación de yerba, se alzaba sobre el bosque, para confundirse allá abajo con los espesos vapores que ascendían del Paraná tibio.

Todo esto me era bien conocido, pues era mi vida real. Y caminando de un lado a otro, esperé tranquilo el día para recomenzarla.

miércoles, 18 de diciembre de 2019

Signos y símbolos, de Vladimir Nabokov


1.
Por cuarta vez en cuatro años se enfrentaban al dilema de qué regalo de cumpleaños llevar a un joven de juicio incurablemente perturbado. No tenía deseos. Para él, los objetos manufacturados por el hombre eran o bien colmenas del mal, vibrantes de maléfica actividad que sólo él era capaz de advertir, o vulgares consuelos sin utilidad alguna en el mundo de abstracción total en el que residía. Tras eliminar una serie de artículos que hubieran podido ofenderle o asustarle (cualquier cosa que se pareciera a un aparato, por ejemplo, la consideraba tabú), sus padres eligieron una fruslería delicada e inocente: una cesta con diez mermeladas diferentes en diez jarritas asimismo diferentes.
Cuando nació, llevaban ya casados un buen número de años; habían transcurrido veinte años desde entonces, y ahora eran ya bastante maduros. Con todo, ella había puesto todo cuidado en arreglarse su pelo cano. Llevaba siempre vestidos baratos, negros. A diferencia de otras mujeres de su edad (como la señora Sol, su vecina de al lado, cuyo rostro era una pura pintura rosa y malva, siempre protegido por un sombrero que era un racimo de flores silvestres), ella presentaba a la exigente luz de primavera un cutis blanco y completamente natural y un rostro absolutamente desnudo. Su marido, que en su país de origen había sido un hombre de negocios bastante próspero, dependía ahora por completo de su hermano Isaac, un verdadero americano desde hacía cuarenta años. Lo veían muy poco y le habían bautizado con el apodo de El Príncipe.
Aquel viernes por la tarde todo resultó mal. Hubo un fallo en la corriente eléctrica del metro entre dos estaciones, y durante un cuarto de hora todo lo que oyeron los viajeros fue el sumiso latido de sus corazones y el crujido de las hojas de periódico. Luego, tuvieron que esperar mucho tiempo al autobús que debía conducirles en la segunda etapa de su trayecto, y cuando por fin llegó, estaba atestado de escolares ruidosos. Llovía a cántaros por el camino pardo que hubieron de recorrer hasta llegar a la puerta del sanatorio. Al llegar allí, tuvieron que esperar de nuevo; y finalmente, quien apareció ante su vista, en lugar de su hijo, como era costumbre, arrastrando lentamente los pies (con su pobre cara toda cubierta de acné, mal afeitado, taciturno y confuso) fue una enfermera que ya conocían y por la que no sentían simpatía alguna, quien les explicó finalmente con todo lujo de detalles que su hijo había intentado quitarse de nuevo la vida. Ya se encontraba bien, dijo, pero una visita podía confundirle. El lugar tenía tan poco personal, las cosas se extraviaban o se traspapelaban tan fácilmente, que decidieron no dejar su regalo en la oficina sino llevárselo para traerlo consigo en la próxima visita.
Ella esperó a que su marido abriera el paraguas, y luego lo cogió del brazo. Él no dejaba de aclararse la garganta de un modo particularmente sonoro, como tenía costumbre cuando estaba especialmente disgustado. Llegaron al abrigo de la parada del autobús al otro lado de la calle y cerró el paraguas. Unos metros más lejos, bajo un árbol que goteaba lluvia y se mecía al viento, había un diminuto pájaro medio muerto que se debatía sin plumas e indefenso en un charco tratando de alzar el vuelo.
Durante el largo trayecto hasta la estación del metro, no intercambiaron palabra; y cada vez que contemplaba las manos ya viejas de su marido (las venas hinchadas, la piel con manchas pardas), cerradas y crispadas en torno al mango del paraguas, ella sentía la presión creciente de las lágrimas. Miró en torno suyo tratando de fijar su pensamiento en algo y, al hacerlo, sintió una especie de sobresalto, una mezcla de compasión y asombro, al darse cuenta de que uno de los pasajeros, una joven de cabello oscuro con las uñas de los pies pintadas de rojo sucio, lloraba en el hombro de una mujer mayor. ¿A quién se parecía aquella mujer? Se parecía a Rebeca Borisovna, cuya hija se había casado con uno de los Soloveichiks —en Minsk, hacía muchos años.
La última vez que lo había intentado, su método había sido, en palabras del médico, una obra maestra de inventiva e ingenio; lo habría conseguido de no ser por otro paciente envidioso que pensó que estaba aprendiendo a volar —e impidió que lo hiciera. Lo que realmente quería hacer era abrir un agujero en su mundo y escapar.
El sistema de sus delirios había sido objeto de un artículo muy elaborado en una revista científica, pero ya mucho antes, ella y su marido habían descifrado por sí mismos el mecanismo de su locura. «Manía referencial», la había llamado Herman Brink. En aquellos casos tan poco frecuentes, el paciente se imagina que todo lo que ocurre a su alrededor constituye una referencia velada a su personalidad y a su existencia. Excluye de su conspiración a las personas de carne y hueso, porque se considera mucho más inteligente que el resto de los hombres. La naturaleza fenoménica oscurece su paso allá por dondequiera que vaya. Las nubes del cielo que le observan en todo momento transmiten, por medio de una serie de signos lentos, mensajes con información increíblemente detallada concerniente a su persona. Cuando cae la noche, los árboles que gesticulan en la oscuridad discuten sus pensamientos más íntimos, por medio de un lenguaje manual. Las piedras, las manchas y también los rayos de sol forman esquemas y cuadros que representan de un modo obsesionante y espantoso mensajes que él debe interceptar. Todo es una cifra y él constituye el tema de todo. Algunos de los espías son observadores imparciales, como las superficies de cristal y las aguas inmóviles; otros, como los abrigos de los escaparates, son testigos interesados, prestos a lincharle; y hay otros (como el agua corriente, las tormentas) que están histéricos casi hasta la locura y tienen una opinión distorsionada de su persona y malinterpretan sus actos de forma grotesca. No puede bajar la guardia y debe dedicar cada minuto y cada módulo de su vida a descifrar las ondas de las cosas. El propio aire que respira está contabilizado y cifrado. ¡Si el interés que provoca estuviera tan sólo limitado a su entorno inmediato! Pero lamentablemente no es así. Con la distancia, los torrentes del escándalo salvaje aumentan de volumen y volubilidad. Las siluetas de sus corpúsculos sanguíneos, magnificadas miles de veces, vuelan por encima de vastas llanuras; y más lejos todavía, unas montañas inmensas de una solidez y de una altura intolerables contabilizan en términos de granito y de abetos crujientes la verdad última de su ser.
2.
Cuando emergieron del trueno y del aire pestilente del metro, los últimos residuos del día se mezclaban ya con las luces callejeras. Ella quería comprar un poco de pescado para cenar, por lo que le entregó la cesta con las mermeladas y le dijo que se fuera a casa. Él subió andando hasta el rellano del tercer piso y al llegar allí se acordó de que en algún momento del día le había dado las llaves a su mujer.
Se sentó en silencio en las escaleras y también en silencio se puso en pie cuando unos diez minutos más tarde llegó ella, subiendo penosamente los escalones, sonriendo débilmente, moviendo la cabeza regañándose a sí misma por su estupidez. Entraron en su humilde piso de dos habitaciones y él se dirigió al punto hasta el espejo. Estirándose las comisuras de la boca con los pulgares, con una mueca horrible como una máscara, se quitó la dentadura postiza ya inevitable e inexorablemente incómoda, y se tragó los colmillos de saliva que le conectaban con ella. Se puso a leer su periódico ruso mientras ella ponía la mesa. Sin dejar de leer se comió aquellas vituallas descoloridas que no necesitaban de dientes ni muelas. Ella conocía de memoria sus manías y guardaba silencio.
Cuando se hubo ido a la cama, ella permaneció en el cuarto de estar con su baraja de cartas gastadas y sus viejos álbumes. Al otro lado del estrecho patio donde la lluvia golpeaba en la oscuridad contra unos cubos de basura llenos de golpes y muescas, las ventanas estaban débilmente iluminadas y en una de ellas se veía a un hombre con pantalones negros y los brazos desnudos levantados, tumbado boca arriba en una cama sucia y sin hacer. Bajó la persiana y se puso a contemplar las fotografías. Cuando era todavía un niño de pecho parecía más sorprendido que el resto de los niños. Una niñera alemana que habían tenido en Leipzig y su novio se deslizaron de entre uno de los pliegues del álbum. Minsk, la Revolución, Leipzig, Berlín, Leipzig, la fachada inclinada de una casa muy desenfocada. Con cuatro años, en un parque, vergonzoso, testarudo, con el ceño fruncido, apartando la vista de una ardilla como lo hacía con cualquier cosa o persona que le resultara extraña. La tía Rosa, una anciana angulosa, de ojos alocados, nerviosa e inquieta, que había vivido en un mundo trémulo de malas noticias, bancarrotas, accidentes de ferrocarril, tumores cancerígenos, hasta que los alemanes la enviaron a la muerte, junto con toda la gente de la que se había preocupado. Seis años, entonces dibujaba unos pájaros maravillosos con manos y pies humanos, y padecía de insomnio como si fuera ya un hombre. Su primo, ahora un jugador de ajedrez famoso. Y de nuevo él, cuando tenía unos ocho años, y ya era difícil de entender, temeroso del papel de la pared del pasillo, temeroso de cierto dibujo de un libro que mostraba sencillamente un paisaje idílico con rocas sobre una colina y la rueda de un viejo carro que colgaba de la rama de un árbol sin hojas. A la edad de diez años: el año que abandonaron Europa. La vergüenza, la piedad, las humillantes dificultades, los niños, feos, malos, atrasados con los que compartía aquella escuela especial. Y luego llegó una época en su vida, que coincidió con una larga convalecencia después de una neumonía, cuando aquellas fobias suyas, que sus padres se habían empeñado en considerar meras excentricidades de un niño prodigiosamente dotado, se intensificaron de alguna manera hasta convertirse en una densa maraña de ilusiones interconectadas lógicamente, que le hicieron totalmente inaccesible a las mentes normales.
Esto, y mucho más, ella lo aceptaba, porque, después de todo, vivir no era sino la aceptación de la pérdida de una alegría tras otra, en su caso ni siquiera se trataba de alegrías, meras posibilidades de progreso. Pensó en las infinitas olas de dolor que por una u otra razón habían tenido que soportar ella y su marido; en los gigantes invisibles que herían a su niño de maneras inimaginables; en la cantidad incalculable de ternura que había en el mundo; en el destino de aquella ternura, la cual, o bien es aplastada, o desperdiciada, o transformada en locura; en niños abandonados hablándose a sí mismos en esquinas sucias; en bellos juncos que no pueden esconderse al labrador y que tienen que observar indefensos, sin poder hacer nada, cómo la sombra de su figura encorvada no deja sino flores marchitas a su paso, conforme va avanzando aquella oscuridad monstruosa.
3.
Era más de medianoche cuando, desde el cuarto de estar, oyó los gemidos de su marido; luego, entró tambaleándose, cubriéndose la bata con el viejo abrigo de cuello de astracán que le gustaba mucho más que el bonito albornoz azul que tenía.
—No puedo dormir —exclamó.
—¿Por qué? —le preguntó ella—. ¿Cómo es que no duermes? Estabas tan cansado.
—No me puedo dormir porque me estoy muriendo —dijo y se tumbó en el sofá.
—¿Te duele el estómago? ¿Quieres que llame al doctor Solov?
—No quiero ningún médico, nada de médicos —gimió—. ¡Al diablo con los médicos! Tenemos que sacarlo de allí a toda prisa. De otra manera seremos responsables de lo que le pase. ¡Responsables! —repitió y se acomodó en el sillón medio sentado, con los dos pies en el suelo, golpeándose la cabeza con el puño cerrado.
—Está bien —dijo ella tranquila—, mañana por la mañana lo traeremos a casa.
—Me gustaría tomar un poco de té —dijo su marido, y se retiró al cuarto de baño.
Agachándose con dificultad, ella recogió algunas cartas y una o dos fotografías que se habían deslizado del sofá al suelo: la jota de corazones, el nueve de picas, el as de picas, Elsa y su bestia amada…
Él volvió de buen humor y dijo a plena voz:
—Ya lo he organizado todo. Lo pondremos en nuestro dormitorio. Nosotros pasaremos por turnos media noche con él, y la otra media en este sofá. Por turnos. Traeremos al doctor para que lo vea dos veces por semana, cuando menos. No importa lo que diga El Príncipe. Además, no tendrá mucho que decir porque este arreglo le saldrá más barato.
Sonó el teléfono. Era una hora rara para que sonara el teléfono. Se le había caído la zapatilla izquierda y trató de alcanzarla con el talón y el dedo, ahí, de pie en medio de la habitación, mientras miraba a su mujer con expresión infantil y también desdentada. Como ella hablaba mejor el inglés que su marido, era ella la que contestaba las llamadas.
—¿Podría hablar con Charlie? —dijo la vocecilla inexpresiva de una chica.
—¿Qué número ha marcado? No. Se ha equivocado de número.
Con dulzura dejó el auricular en su posición inicial. Se llevó la mano a su corazón cansado.
—Me ha asustado —dijo.
Él esbozó una rápida sonrisa e inmediatamente volvió a su monólogo excitado. Lo irían a buscar tan pronto como se hiciera de día. Tendrían que guardar los cuchillos en un armario con llave. Incluso en sus peores momentos no constituía peligro alguno para la gente.
El teléfono volvió a sonar por segunda vez. La misma voz joven, inexpresiva y un poco angustiada preguntó por Charlie.
—Tiene el número equivocado. Creo que se confunde y marca la letra O en lugar del cero.
Se sentaron a tomar su inesperado té nocturno y festivo. El regalo de cumpleaños seguía sobre la mesa. Él sorbía el té con ruido; el rostro, ruborizado; de vez en cuando impartía un movimiento circular a su vaso alzado para que el azúcar se disolviera mejor. A un lado de la calva, allí donde tenía una gran marca de nacimiento se destacaba llamativa una vena hinchada y, aunque se había afeitado aquella mañana, en su barbilla se observaba una cerda plateada. Mientras ella le servía otro vaso de té, él se puso las gafas y volvió a examinar con placer las jarritas de luminoso color amarillo, verde, rojo. Sus torpes labios húmedos repetían los nombres de sus elocuentes etiquetas: albaricoque, uva, ciruelas claudias, membrillo. Había llegado a la manzana cuando volvió a sonar el teléfono.

Traducción de María Lozano

martes, 12 de noviembre de 2019

Se habla ruso, de Vladimir Nabokov



   El estanco de Martin Martinich está situado en un edificio que hace esquina. Es natural que los estancos tengan predilección por las esquinas a juzgar por el de Martin, porque su negocio va viento en popa. El escaparate es de modestas proporciones, pero está bien dispuesto. Unos pequeños espejos dan vida a la mercancía que allí se exhibe. En la zona más baja, en los valles que se abren entre las montañas de terciopelo azul, se acomoda una variedad de cajas de cigarrillos cuyos nombres vienen arropados por ese elegante dialecto internacional que también se utiliza para dar nombre a los hoteles; más arriba, los puros en hilera sonríen en sus cajas livianas.
   En sus buenos tiempos, Martin era un rico terrateniente. En mis recuerdos de infancia aparece siempre rodeado del aura con que conducía su impresionante tractor; por el contrario, mi memoria me dice que su hijo Petya y yo, lejos de sus hazañas, sucumbíamos simultáneamente a Meyn Ried y a la escarlatina, por lo que tras quince años repletos de todo tipo de acontecimientos, me gustaba pasarme por el estanco en aquella esquina llena de vida donde Martin vendía su mercancía.
  Desde el año pasado, sin embargo, compartimos algo más que recuerdos comunes. Martin tiene un secreto y a mí me ha hecho partícipe de su secreto.
   —¿Todo va bien? —le pregunto en un susurro, y él, mirando por encima del hombro, me contesta con el mismo cuidado.
   —Sí, gracias a Dios, todo está tranquilo.
   Se trata de un secreto bastante excepcional. Recuerdo que me iba a París y que la víspera me había quedado en casa de Martin hasta tarde. El alma de un hombre puede compararse a unos grandes almacenes y sus ojos a dos escaparates gemelos. A juzgar por los ojos de Martin, estaban de moda los tonos pardos, cálidos. A juzgar por esos ojos, la mercancía que guardaba en su alma era de excelente calidad. Y qué barba tan tupida, con aquel destello blanco que hablaba de Rusia en el gris robusto de alguna cana. Y sus hombros, su estatura, su porte... En tiempos solían decir que podía rajar un pañuelo con su espada —una de las hazañas de Ricardo Corazón de León. Ahora, cualquiera de los que como él habían emigrado diría con un punto de envidia: «¡Ahí tienes a un hombre que no ha bajado la cabeza!».
   Su esposa era una amable mujer ya entrada en años y un tanto hinchada, con un lunar junto a su fosa nasal izquierda. De sus sufrimientos en los tiempos revolucionarios había conservado un tic en el rostro: inopinada y furtivamente alzaba sus ojos al cielo en una ráfaga fugaz. Petya tenía el mismo físico imponente que su padre. A mí me gustaba su dulzura taciturna, así como su humor repentino. Tenía un rostro grande, fláccido (del que su padre solía decir: «Vaya jeta la tuya, harían falta tres días al menos para circunnavegar su perímetro») y el pelo rojizo, permanentemente despeinado. Petya era propietario de un cine minúsculo, en una zona de la ciudad poco poblada, que le proporcionaba unos modestos ingresos. Y con él se acababa la familia.
   Yo pasé aquel día, víspera de mi viaje, sentado junto al mostrador observando a Martin y a sus clientes, primero se inclinaba ligeramente, apoyándose en dos dedos, sobre el mostrador, y luego iba hasta las estanterías con un gesto elegante, cogía una de las cajas y mientras la abría con un chasquido del pulgar, preguntaba: «Einen Rauchen?». Recuerdo aquel día por una razón especial: Petya llegó inopinadamente, desgreñado y lívido de rabia. La sobrina de Martin había decidido volver a Moscú con su madre y Petya venía de entrevistarse con los representantes diplomáticos. Mientras que un diplomático le estaba informando de los pormenores, otro, que evidentemente comulgaba con la política del gobierno, susurraba en palabras apenas perceptibles: «Mucho cuidado, esto está lleno de esa Basura del Ejército Blanco».
   —Me hubiera gustado hacer picadillo a aquel tipo —dijo Petya, haciendo ademán de dar un puñetazo— pero, desgraciadamente, no puedo olvidarme de mi tía que está en Moscú.
   —Ya tienes algún que otro pecado en tu conciencia ——dijo Martin con voz cavernosa no exenta de buen humor. Aludía a un incidente de lo más divertido. No hace mucho tiempo, en el día de su santo, Petya fue a la librería soviética, cuya presencia mancilla una de las calles más encantadoras de Berlín. En ese lugar no sólo venden libros sino también distintas baratijas y curiosidades manuales. Petya eligió un martillo adornado con amapolas y con el blasón de los martillos bolcheviques. El empleado le preguntó si quería algo más. Petya dijo: «Sí, ya lo creo», indicando con el gesto un pequeño busto de escayola del Señor Ulyanov. Pagó quince marcos por el busto y el martillo, para después sin mediar palabra, allí mismo junto al mostrador, hacer añicos el busto con el martillo, con una fuerza tal que el Señor Ulyanov se desintegró.
   A mí me gustaba aquella historia, como me gustaban, por ejemplo, los dichos queridos, estúpidos e inolvidables de la infancia que calientan las entretelas del corazón. Las palabras de Martin me llevaron a mirar a Petya mientras dejaba escapar una carcajada. Pero Petya se encogió de hombros taciturno y frunció el ceño. Martin revolvió en el cajón y le ofreció el cigarrillo más caro de la tienda. Pero ni siquiera eso disipó la tristeza de Petya.
   Volví a Berlín seis meses más tarde. Un domingo por la mañana sentí la necesidad de ver a Martin. Entre semana se podía entrar a su casa a través de la tienda, ya que su piso —tres habitaciones y una cocina— estaba justamente detrás. Pero, evidentemente, un domingo por la mañana, la tienda estaba cerrada, y el escaparate tenía echada la reja protectora. Contemplé fugazmente a través de la reja las cajas rojas y doradas, los puros morenos, la humilde inscripción que se leía en un rincón, «Aquí se habla ruso», observé que el escaparate presentaba, de alguna forma, un aspecto más alegre, y crucé a través del patio hasta la casa de Martin. Cosa extraña, el propio Martin me pareció más alegre, más desenvuelto, más radiante que antes. Y Petya estaba totalmente irreconocible: sus rizos grasientos y desgreñados estaban peinados hacia atrás, y una amplia sonrisa, un punto tímida, se demoraba insistente en sus labios; mantenía una especie de silencio satisfecho y un cierto aire de divertida preocupación, como si llevara consigo una carga preciosa, dulcificaba todos sus movimientos. Sólo la madre seguía tan pálida como siempre, y el mismo tic, tan conmovedor, encendía su rostro como un débil relámpago de verano. Nos sentamos en el salón donde todo estaba recogido y yo, al pensar en las otras dos habitaciones, la de Petya y la de sus padres, igualmente limpias y acogedoras, tuve una sensación de lo más reconfortante. Tomé un té con limón, atendí a la meliflua conversación de Martin sin lograr evitar la impresión de que algo nuevo había hecho irrupción en aquella casa, algún pálpito misterioso y alegre, como ocurre, por ejemplo, en un hogar donde hay una joven a punto de ser madre. En un par de ocasiones Martin le lanzó una mirada preocupada a su hijo y éste reaccionó levantándose al punto y abandonando la habitación; al volver, le hacía una seña discreta a su padre, como si quisiera decir que todo iba a las mil maravillas.
   También había algo nuevo, y a mi juicio, enigmático, en la conversación del viejo. Hablábamos de París y de los franceses y, de repente, preguntó: «Dime, amigo, ¿cuál es la cárcel más grande de París?». Le contesté que no lo sabía y empecé a hablarle de una revista francesa que sacaba mujeres pintadas de azul.
   —¡Y eso te asombra! —me interrumpió Martin—. Dicen, por ejemplo, que las mujeres rascan la pintura de las paredes de la cárcel y la utilizan para empolvarse la cara, el cuello o lo que sea —y para confirmar sus palabras, trajo de su dormitorio un grueso volumen escrito por un criminalista alemán y localizó un capítulo acerca de la rutina de la vida en la cárcel. Traté de cambiar de tema, pero, fuera el tema que fuese, Martin lo reconducía mediante extraños rodeos y artificiales circunloquios, de forma tal que, sin darnos cuenta, nos veíamos discutiendo de nuevo los méritos de la prisión perpetua frente a la pena capital, o los ingeniosos métodos que los criminales han inventado para lograr escaparse al mundo libre.
   Yo estaba desconcertado. Petya, a quien le gustaban los artilugios mecánicos, se entretenía manipulando con un cortaplumas los muelles de su reloj sin parar de reírse entre dientes. Su madre cosía y de cuando en cuando me acercaba una tostada o la mermelada para que comiera. Martin, con los cinco dedos de la mano en su desaliñada barba, se me había quedado mirando pensativo y de repente cambió de expresión como si se hubiera liberado de una carga. Dio una palmada en la mesa y se volvió a su hijo. «Ya no aguanto más, Petya, le tengo que contar todo o reviento.» Petya asintió en silencio. La mujer de Martin se levantó para ir a la cocina. «Eres un chisgarabís, todo lo cuentas», dijo moviendo la cabeza indulgentemente. Martin me puso la mano en el hombro, y me dio tal sacudida que, si yo hubiera sido un manzano en un jardín, las manzanas habrían empezado a caer literalmente por mi cuerpo, y luego se me quedó mirando fijo a los ojos. «Te lo advierto —dijo—. Te voy a contar un secreto tan increíble, tan secreto... que no sé qué hacer. Para que lo entiendas, ¡ni una palabra a nadie! ¿Comprendes?».
   E, inclinándose hasta casi tocarme, bañándome en el aroma de tabaco y en su propio olor acre de viejo, Martin me contó una historia verdaderamente extraordinaria.
   —Sucedió —empezó Martin— poco tiempo después de que te fueras. Entró un cliente. Obviamente, no se había percatado del cartel del escaparate, porque se dirigió a mí en alemán. Y permíteme que subraye esto: si hubiera observado el cartel no habría entrado en la modesta tienda de un emigrante. Inmediatamente me di cuenta de que era ruso por su pronunciación. La cara, además, era la de un ruso. Como es natural me lancé a hablar en ruso, le pregunté qué tipo de tabaco quería, de qué precio. Me respondió con una mirada de sorpresa molesta: «¿Qué le lleva a pensar que soy ruso?». Le di una contestación amabilísima, según recuerdo, y me puse a contar sus cigarrillos. En ese momento entró Petya. Cuando vio a mi cliente dijo con la más absoluta calma: «Qué encuentro más agradable». Y entonces mi Petya se acercó hasta él y le dio un puñetazo en la cara. El otro se quedó helado. Como muy bien me explicó Petya más tarde, lo que ocurrió no fue únicamente un puñetazo de esos en que la víctima se derrumba en el suelo, sino un golpe muy especial: parece que Petya le había propinado un golpe de efecto retardado, y el hombre perdió el conocimiento sin llegar a caerse. Y parecía que se hubiera quedado dormido de pie. Y entonces, muy despacio empezó a tambalearse y a caerse despacio, de espaldas, como si fuera una torre. Y Petya se puso entonces detrás y lo recogió por las axilas en su caída. Todo fue bastante inesperado. Petya dijo: «Échame una mano, papá». Yo le pregunté si sabía lo que estaba haciendo. Petya se limitaba a repetir: «Échame una mano». Conozco muy bien a mi Petya. Con él no sirven los rodeos y también sé que tiene los pies en el suelo, que medita sus actos, y que no deja inconsciente a la gente por una nimiedad. Arrastramos al inconsciente fuera de la tienda y a través del pasillo hasta el cuarto de Petya. Y justo al llegar allí, oí un timbre. Alguien acababa de entrar en la tienda. Tuvimos suerte, desde luego, de que no hubiera ocurrido un minuto antes. Volví a la tienda, despaché la venta, y a continuación, afortunadamente, llegó mi mujer con la compra e inmediatamente la dejé en el mostrador al cuidado de la tienda, mientras que yo, sin mediar palabra, fui a todo gas hasta la habitación de Petya. Aquel hombre estaba tendido en el suelo con los ojos cerrados, mientras que Petya, sentado a su mesa, examinaba pensativamente algunos objetos, como una gran purera de piel, media docena de postales obscenas, un billetero, un pasaporte, y un revólver viejo pero aparentemente en buen uso. Y me lo explicó todo al instante: como te habrás imaginado, esos objetos procedían de los bolsillos de aquel hombre, y el hombre no era otro sino el diplomático —recordarás la historia de Petya— que hizo aquel comentario acerca de la Basura Blanca, ¡sí, sí, el mismo! Y, a juzgar por alguno de los documentos que llevaba, era de la policía política, si no me equivoco. «Bien hecho —le dije a Petya—, le has partido la cara a un tipo. No entro en que lo mereciese o no, pero, por favor, explícame qué es lo que piensas hacer ahora. Evidentemente, no has pensado para nada en tu tía de Moscú». «Sí que lo he hecho —dijo Petya—. Tenemos que pensar algo».
   Y lo hicimos. Primero le atamos con una gruesa cuerda y le metimos una toalla en la boca. Mientras estábamos ocupados con él, volvió en sí y abrió un ojo. Al examinarlo de cerca, déjame decirte, aquel tipo resultó ser no sólo estúpido sino también repulsivo, con una especie de sarna en la frente y en el bigote, y una nariz bulbosa. Lo dejamos tumbado en el suelo y Petya y yo nos instalamos a su lado cómodamente y comenzamos nuestra propia encuesta judicial. Discutimos durante un buen rato. Nos preocupaba no tanto el insulto en sí —no era más que una nadería, desde luego—, sino su profesión, por llamarlo de alguna manera, y todas las actividades que había llevado a cabo en Rusia. Al acusado se le concedió la última palabra. Cuando liberamos su boca quitándole la toalla, dio una especie de gemido, tuvo unas náuseas, pero no dijo nada salvo: «Ya verán, esperen y verán...». Volvimos a liarle la toalla, y la sesión continuó. Al principio los votos estaban divididos. Petya pedía la pena de muerte. Yo pensaba que merecía la muerte, pero propuse conmutar la pena por la de prisión perpetua. Petya lo meditó y accedió. Yo añadí que, aunque ciertamente había cometido una serie de crímenes, no teníamos medio de probarlos; que su profesión en sí misma constituía un crimen; que nuestro deber se limitaba a asegurar que de ahora en adelante fuera inofensivo, nada más. Y ahora escucha el resto. 
   «Tenemos un baño al final del pasillo. Un cuarto pequeño y oscuro, muy oscuro, con una bañera de hierro esmaltado. El agua se pone en huelga con cierta frecuencia. De vez en cuando aparece una cucaracha. El cuarto es tan oscuro porque la ventana es muy estrecha y está colocada justo debajo del techo, y además, precisamente enfrente de la ventana, a unos tres pies más o menos, hay un sólido muro de ladrillo. Y fue precisamente en aquel agujero donde decidimos meter al prisionero. Fue idea de Petya, sí, sí, de Petya, hay que dar al César lo que es del César. En primer lugar, como es natural, había que preparar la celda. Empezamos arrastrando al prisionero hasta el pasillo para tenerlo vigilado mientras trabajábamos. Y, en ese momento, mi mujer, que acababa de cerrar la tienda porque ya era de noche y se dirigía a la cocina, nos vio. Se quedó estupefacta, indignada incluso, pero luego entendió nuestras razones. Buena chica. Petya empezó por desmembrar una mesa muy sólida que teníamos en la cocina, le rompió las patas y la tabla resultante la clavó en la ventana del baño, tapando el vano por completo. Luego desatornilló los grifos, quitó el calentador cilíndrico de agua, y colocó un colchón en el suelo del baño. Ni que decir tiene que al día siguiente añadimos toda suerte de mejoras: cambiamos la cerradura, instalamos un cerrojo de seguridad, reforzamos la tabla de la madera con metal, y todo ello, desde luego, sin hacer demasiado ruido. Como sabes, no tenemos vecinos, pero, con todo, era menester actuar con prudencia. El resultado fue una auténtica celda de cárcel, y allí metimos al tipo de la policía política. Desatamos la cuerda, le quitamos la toalla, le advertimos de que si empezaba a gritar, volveríamos a atarle y a amordazarle, y por mucho tiempo; y entonces, satisfechos de que hubiera entendido para quién era el colchón que estaba colocado en la bañera, cerramos la puerta con llave, y, por turnos, hicimos guardia toda la noche.
   Ese momento marcó el principio de una nueva vida para nosotros. Yo ya no era simplemente Martin Martinich, sino Martin Martinich, director de prisiones. Al principio, el preso estaba tan extrañado de lo que había ocurrido que su comportamiento era sumiso. Pronto, sin embargo, volvió a su estado normal, y cuando le llevábamos la comida, se entregaba a un huracán de palabras soeces. No puedo repetir las obscenidades de ese hombre; me limitaré a decir que puso a mi pobre difunta madre en las más increíbles situaciones. Yo estaba decidido a dejarle bien clara la naturaleza de su estatus legal. Le expliqué que permanecería en prisión hasta el final de sus días; que si yo moría primero, lo dejaría en herencia a Petya; y que, a su vez, mi hijo, lo transmitiría, como parte de su patrimonio, a mi futuro nieto y así en adelante, convirtiéndolo en una especie de tradición familiar. Una joya de familia. Mencioné de pasada que, en la improbable eventualidad de que tuviéramos que mudarnos a otro piso distinto en Berlín, él sería atado, colocado en un baúl especial, y transportado con nosotros y nuestra mudanza con toda naturalidad. Y seguí explicándole que sólo conseguiría la amnistía si se daba una única condición. A saber, que sería liberado el día que explotara la burbuja bolchevique. Finalmente le prometí que le alimentaríamos bien, mucho mejor que cuando, en mis tiempos, me vi encerrado por la Cheka, y que, como privilegio especial, recibiría libros. Y, en verdad, que éste es el día en que todavía estamos esperando que se queje de la comida. Es verdad que, al principio, Petya sugirió que le diéramos cucarachas secas, pero, por mucho que buscamos, ese pez soviético era inexistente en Berlín. Nos vimos obligados a servirle comida burguesa. A las ocho en punto de la mañana Petya y yo entramos y dejamos junto a su bañera un plato de sopa caliente con carne y una hogaza de pan gris. Al mismo tiempo retiramos el orinal, un aparato de lo más inteligente que adquirimos sólo para él. A las tres recibe una taza de té, a las siete más sopa. El sistema alimenticio está copiado del que utilizan en las mejores cárceles europeas.
   Los libros constituyeron más problema. Tuvimos conciliábulo familiar y para empezar seleccionamos tres títulos, Prince Serebryanïy, las Fábulas de Krilov y La vuelta al mundo en ochenta días. Nos anunció que no estaba dispuesto a leer semejantes panfletos del «Ejército Blanco», pero le dejamos los libros, y todo nos hace pensar que los ha leído con placer.
   Tenía un humor cambiante. Los primeros días estuvo bastante tranquilo. Era evidente que estaba preparando algo. Quizá pensó que la policía iba a empezar a buscarle. Comprobamos los periódicos, pero no decían ni una sola palabra del desaparecido agente de la Cheka. Con toda probabilidad, los otros diplomáticos habían decidido que el hombre había desertado, sencillamente, y habían preferido enterrar el asunto. A este período de contemplación corresponde un intento de escapada o, al menos, de comunicarse con el mundo exterior. Se esforzaba por caminar en la celda, probablemente se encaramó a la ventana tratando de abrir las lajas de madera, asimismo probó a hacerse oír con todo tipo de golpes, pero le amenazamos y los golpes cesaron. Y en una ocasión, en que Petya estaba solo con él, le atacó. Petya lo agarró con un dulce abrazo de oso y lo volvió a sentar en la bañera. Después de este suceso pasó por otra fase, se volvió muy dócil, incluso llegó a contar algún chiste alguna vez, y finalmente, intentó comprarnos. Cuando vio que esto tampoco funcionaba, empezó a quejarse, y luego volvió de nuevo a despotricar con todo tipo de juramentos peores que los anteriores. En estos momentos atraviesa una fase de sumisión taciturna, que, me temo, no presagia nada bueno.
   Lo sacamos a pasear por el pasillo todos los días, y dos veces por semana le dejamos tomar el aire junto a una ventana abierta; como es natural, tomamos todas las precauciones necesarias para impedir que se ponga a gritar. Los sábados toma un baño. Nosotros nos tenemos que lavar en la cocina. Los domingos le doy unas pequeñas charlas y le dejo fumar tres cigarrillos, en mi presencia, desde luego. ¿Y sobre qué versan estas charlas? Hay de todo. Sobre Pushkin, por ejemplo, o sobre la antigua Grecia. Sólo está prohibido un tema: la política. Está privado de todo aquello que suene a política. Como si la política no existiera sobre la faz de la tierra. ¿Y sabes una cosa? Desde que tengo en prisión a un agente soviético, desde que he hecho un acto de servicio a la Madre Patria, soy, sencillamente, un hombre diferente. Libre, desenvuelto y feliz. Y los negocios han mejorado, así que tampoco tengo demasiados problemas para mantenerlo. Me cuesta veinte marcos al mes, contando la factura de la electricidad: ese agujero está completamente a oscuras, así que desde las ocho de la mañana a las ocho de la tarde tiene una bombilla de pocos vatios encendida.
   Y me preguntarás, ¿de dónde sale un individuo así, cuál es su entorno? Bueno, cómo te diría yo... Tiene veinte años, es un campesino, con toda probabilidad ni siquiera acabó sus años de escuela, es lo que se denomina un «comunista honesto», sólo ha estudiado, por así decir, el catecismo político, ese que convierte a los tarugos en alcornoques, como decimos tú y yo, eso es todo lo que sé. Si quieres te lo enseño, pero acuérdate, ¡ni una palabra!


   Martin salió al pasillo. Petya y yo le seguimos. El viejo en su chaqueta cómoda de estar por casa parecía un funcionario de prisiones de verdad. Sacó las llaves y había un cierto aire profesional en su modo de insertarlas en la cerradura. La cerradura crujió dos veces, y Martin abrió la puerta de un golpe. Lejos de ser un agujero oscuro y mal iluminado, era un baño espacioso, espléndido, del tipo que se encuentra en las cómodas pensiones alemanas. La luz eléctrica, brillante pero, sin embargo, agradable, lucía tras una pantalla alegre y llena de adornos. Un espejo brillaba a la izquierda. En la mesilla junto a la bañera había unos cuantos libros, una naranja pelada en un plato lustroso, y una botella de cerveza sin abrir. En la bañera blanca, en un colchón cubierto con una sábana limpia, con una gran almohada detrás de la cabeza, se tumbaba un tipo bien alimentado, con los ojos bien vivos, una barba bastante larga, con una bata (un regalo del amo) y en zapatillas cómodas y suaves.
   —Bueno, ¿qué me dices ahora?—me preguntó Martin.
   La escena me pareció cómica y no supe qué contestar.
   —Ahí es donde solía estar la ventana —me indicó Martin con el dedo.
   Efectivamente, la ventana estaba condenada y perfectamente tapiada con maderas.
   El prisionero bostezó y se volvió hacia la pared. Nosotros salimos. Martin acarició la cerradura con una sonrisa.
  —Pocas probabilidades tiene de escaparse —dijo, y añadió a continuación—: Tengo curiosidad por saber, sin embargo, cuántos años va a tener que pasar ahí encerrado...


Sobre el autor

Vladímir Nabókov, conocido popularmente y en inglés como Vladimir Nabokov, cuyo nombre completo en ruso era Vladímir Vladímirovich Nabókov (Влади́мир Влади́мирович Набóков; San Petersburgo, 22 de abril de 1899 (10 de abril del calendario juliano)-Montreux, Suiza, 2 de julio de 1977), fue un escritor de origen ruso, nacionalizado estadounidense.

Escribió sus primeras obras literarias en ruso, pero se hizo internacionalmente famoso como un maestro de la novela con su obra escrita en inglés, especialmente su novela Lolita (1955), un retrato de la sociedad estadounidense a través de la metáfora del viaje, en cuya trama un hombre de mediana edad se enamora y sostiene una relación con una adolescente. Es conocido también por sus significativas contribuciones al estudio de los lepidópteros y por su creación de problemas de ajedrez.


Fuentes: Wikipedia

martes, 15 de octubre de 2019

It, de Stephen King




Título original: It
Año de publicación: 1986
En esta edición: 2002
Editorial: Debolsillo



¿Quién o qué mutila y mata a los niños de un pequeño pueblo norteamericano?
¿Por qué llega cíclicamente el horror a Derry en forma de un payaso siniestro que va sembrando la destrucción a su paso?

Esto es lo que se proponen averiguar los protagonistas de esta novela. Tras veintisiete años de tranquilidad y lejanía, una antigua promesa infantil les hace volver al lugar en el que vivieron su infancia y juventud como una terrible pesadilla. Regresan a Derry para enfrentarse con su pasado y enterrar definitivamente la amenaza que los amargó durante su niñez.

Saben que pueden morir, pero son conscientes de que no conocerán la paz hasta que aquella cosa sea destruida para siempre.
La edición de Emecé que me prestaron y
que devolví, como corresponde....


Hace poco se estrenó la segunda parte de la película It, basada en este libro, remake de una que todos conocemos que data de los noventa y que tuvo al genial Tim Curry en el rol protagónico de Pennywise. Pensando en ir a ver la película, ya que la primera parte me gustó bastante, decidí volver a leer el libro, que había llegado a mis manos, a modo de préstamo, en el lejano verano de 2003. En esa época estaba descubriendo a King. Después de leer Carrie, no descartaba la lectura de ninguno de sus libros, e It no tuvo ninguna dificultad en convertirse en uno de mis libros favoritos. Tenía dos recuerdos muy claros del libro: cierto juego narrativo que hay a lo largo de la historia, con reiteraciones que se dan en ambos tiempos (pasado y presente), y cuánto me había decepcionado el final.
Después de tantos años y tantas lecturas a cuestas, me encontré con que el final no era tan decepcionante como lo recordaba: el anticlimax que me había generado en aquel entonces el momento en el que Bill (1958) y Pennywise conectan en el macrocosmos ya no era un anticlimax sino una referencia a otro de sus libros: La Torre Oscura. Ya sabemos que todos los caminos conducen a la Torre Oscura, pero no recordaba tantas concordancias.
Quienes hayan tenido el gusto de leer It sabrán que es un libro voluminoso: en las ediciones de Debolsillo son unas 1504 páginas. Su lectura me llevó unos siete días, y te diré algo, lector constante: fueron siete días de lectura atrapante, envolvente, fascinante, como la que pocos libros pueden provocar.
Incluso tratándose de una relectura, el placer de volver a Derry a encontrar al Club de Los Perdedores, de revivir los terribles acontecimientos que ocasionó Pennywise, el cariño tan puro que había entre los amigos y la maldad descarnada de Henry y sus secuaces, todo se sintió como la primera vez, o, mejor: como volver y comenzar a recordar, lo mismo que les pasa cuando deben volver a encontrarse en 1985. King retrata la infancia de un modo único. Hace que esa transición final de niño a adolescente se sienta con mucha fuerza. Un verano que equivale al final de una era, la de la niñez, y que para todos nosotros fue distinta, pero podemos de todos modos reconocernos en los protagonistas, sentir la melancolía de aquellos días de constante diversión al aire libre, de salir en busca de un amigo para compartir un momento, de sentir que el tiempo era elástico y maleable y que todos los recuerdos eran inolvidables... 
Tim Curry como Pennywise (1990)
Además de los personajes tan bien construidos que tiene King, de sus historias contadas de tal modo que el suspense siempre tarda un poco más en terminar, de ver como las fichas comienzan a unirse y a conformar un mundo nuevo y muy muy rico, también es capaz de un gran sentido del humor. ¿Y qué es la infancia si no un tiempo para reír? King lo tiene muy claro, y nos roba una sonrisa constantemente.
En definitiva, It no tuvo ningún inconveniente en mantener su puesto entre mis libros favoritos. Quizás lo haga con la nariz un poco más en alto, porque el final no me chocó como antes... pero allí sigue, impertérrito, esperando a que algún día vuelva a perderme entre sus páginas y reviva toda la emoción que tiene para ofrecer. 
Bill Skarsgård, el nuevo Pennywise (2017/2019)
Si todavía tienes dudas en leerlo, te sugiero olvidarte de ellas. It es un libro increíble, te perderás entre sus páginas y olvidarás su tamaño fácilmente. Te sentirás entre amigos, te emocionarás y disfrutarás de una gran historia. Verás que las películas se quedaron muy cortas a la hora de adaptarlo, y que algunos cambios realizados en el guión hacen que se pierdan muchas cosas importantes del libro.

Cabe decirlo nuevamente: ¡larga vida al Rey!


El Club de los Perdedores de la mini serie de 1990
El Club de los Perdedores de 2017 y el de 2019.

Sobre el autor: 
Este es Stephen King, no otro Pennywise...

Stephen Edwin King (nació en Portland, Maine, el 21 de septiembre de 1947) es un escritor estadounidense de novelas de terror, ficción sobrenatural, misterio, ciencia ficción y literatura fantástica. Sus libros han vendido más de 350 millones de copias​ y en su mayoría han sido adaptados al cine y a la televisión. Ha publicado 62 novelas, siete de ellas bajo el seudónimo Richard Bachman, y siete libros de no ficción. Ha escrito, además, alrededor de doscientos relatos, la mayoría de los cuales han sido recogidos en diez colecciones.

Desdeñado por críticos y académicos literarios por ser considerado un autor «comercial»,​ su obra ha generado mayor atención desde la década de 1990, aunque algunos de estos círculos continúan rechazando sus libros.​ Es criticado regularmente por su estilo familiar en sus historias y por la excesiva extensión de algunas de sus novelas.​ Por el contrario, su sentido de la narración, sus personajes animados y coloridos y su capacidad para jugar con los temores de los lectores han sido blanco de elogios. Si bien en la mayoría de sus historias utiliza el recurso del terror, también aborda de manera regular temáticas como la infancia, el racismo y la guerra, brindando un retrato social muy realista de los Estados Unidos.

Su novela corta «Rita Hayworth y la redención de Shawshank» fue la base para la película The Shawshank Redemption, votada en la revista Empire como la mejor de la historia, en su encuesta The 201 Greatest Movies of All Time en marzo de 2006. Otras adaptaciones cinematográficas de sus obras que han logrado éxito comercial y de crítica son Carrie, dirigida por Brian de Palma en 1976; El resplandor, dirigida por Stanley Kubrick en 1980; Cuenta conmigo y Misery, dirigidas por Rob Reiner en 1986 y 1990, ganadora la última de un Premio Óscar y un Globo de Oro gracias al desempeño de Kathy Bates como actriz principal;​ The Green Mile (1999), 1408 (2007) y La niebla (2007). El propio King ha incursionado ocasionalmente como guionista, productor y actor en algunas series de televisión y películas, y también dirigió el largometraje Maximum Overdrive.

King ha ganado numerosos premios literarios, incluyendo el Premio Bram Stoker en trece ocasiones, el Premio British Fantasy siete veces, los Premios Locus en cinco oportunidades, el Premio Mundial de Fantasía cuatro veces, el Premio Edgar en dos ocasiones y los premios Hugo y O. Henry en una oportunidad. Al ser nativo de Maine, muchas de sus historias se desarrollan en ese estado. También es frecuente su uso de ciudades ficticias ubicadas en Maine, como Castle Rock, Jerusalem's Lot y Derry. Es esposo de la escritora y activista Tabitha King desde 1971, con la que tiene tres hijos: Naomi Rachel (1970), Joe (1972) y Owen (1977), estos últimos dos también escritores.



Obras

Novelas
1974 - Carrie
1975 - El misterio de Salem's Lot (Salem's Lot)
1977 - El resplandor (The Shining)
1977 - Rabia (Rage), como Richard Bachman
1978 - La danza de la muerte (The Stand), ampliada y reeditada como Apocalipsis (1990) (The Stand: The Complete & Uncut Edition)
1979 - La larga marcha (The Long Walk), como Richard Bachman
1979 - La zona muerta (The Dead Zone)
1980 - Ojos de fuego (Firestarter)
1981 - Carretera maldita (Roadwork), como Richard Bachman
1981 - Cujo
1982 - El fugitivo (The Running Man), como Richard Bachman
1982 - La Torre Oscura I: La hierba del diablo (The Gunslinger) (Reeditado en 2003 como El pistolero)
1983 - Christine
1983 - Cementerio de animales (Pet Sematary)
1983 - El ciclo del hombre lobo (Cycle of the Werewolf)
1984 - El talismán (The Talisman, con Peter Straub)
1984 - Maleficio (Thinner), como Richard Bachman
1986 - Eso (It)
1987 - Los ojos del dragón (The Eyes of the Dragon)
1987 - La Torre Oscura II: La invocación (The Drawing of the Three) (Reeditado en 2003 como La llegada de los tres)
1987 - Misery
1987 - Los Tommyknockers (The Tommyknockers)
1989 - La mitad oscura (The Dark Half)
1991 - La Torre Oscura III: Las Tierras Baldías (The Wastelands)
1991 - La tienda (Needful Things)
1992 - El juego de Gerald (Gerald's Game)
1993 - Dolores Claiborne
1994 - Insomnia
1995 - El retrato de Rose Madder (Rose Madder)
1996 - La milla verde (The Green Mile)
1996 - Desesperación (Desperation)
1996 - Posesión (The Regulators), como Richard Bachman
1997 - La Torre Oscura IV: La bola de cristal (Wizard and Glass) (Reeditado como Mago y Cristal)
1998 - Un saco de huesos (Bag of bones)
2000 - La chica que amaba a Tom Gordon (The girl who loved Tom Gordon)
2000 - La planta (publicada en formato electrónico; inconclusa)
2001 - El cazador de sueños (Dreamcatcher)
2001 - Casa Negra (Black House, con Peter Straub)
2002 - Buick 8: un coche perverso (From a Buick 8)
2003 - La Torre Oscura V: Lobos del Calla (Wolves of the Calla)
2004 - La Torre Oscura VI: Canción de Susannah (Song of Susannah)
2004 - La Torre Oscura VII: La Torre Oscura (The Dark Tower)
2005 - Colorado Kid
2006 - Cell
2006 - La historia de Lisey (Lisey Story)
2007 - Blaze, como Richard Bachman
2008 - Duma Key
2009 - La Cúpula (Under The Dome)
2010 - Blockade Billy
2011 - 22/11/63
2012 - La Torre Oscura: El viento por la cerradura (como parte de la serie de La Torre Oscura, es el octavo libro, pero cronológicamente se ubica entre los volúmenes cuatro y cinco)
2012 - En la hierba alta (In the Tall Grass, con su hijo Joe Hill)
2013 - Joyland
2013 - Doctor sueño (Doctor Sleep)
2014 - Mr. Mercedes (primer libro de la trilogía de Bill Hodges)
2014 - Revival
2015 - Quien pierde paga (Finders Keepers) (segundo libro de la trilogía Bill Hodges)
2016 - Fin de guardia (End of Watch) (tercer libro de la trilogía de Bill Hodges)
2017 - La caja de botones de Gwendy (Gwendy's Button Box, con Richard Chizmar)
2017 - Bellas durmientes (Sleeping Beauties, con su hijo Owen King)
2018 - El visitante (The Outsider)
2018 - Elevación (Elevation)
2019 - El instituto (The Institute)

Colecciones de relatos y novelas cortas
1978 - El umbral de la noche (Night Shift)
1982 - Las cuatro estaciones (Different Seasons) (publicado en español en dos libros: Las cuatro estaciones I y Las cuatro estaciones II)
1985 - Skeleton Crew (publicado en español en cuatro libros: La niebla, La expedición, Historias fantásticas y Dos historias para no dormir. En recientes ediciones, los relatos de Dos historias para no dormir se integraron a La expedición ).
1990 - Las cuatro después de la medianoche (Four Past Midnight) (publicado en español en dos libros: Las dos después de medianoche y Las cuatro después de medianoche)
1993 - Pesadillas y alucinaciones (Nightmares & Dreamscapes) (publicado en español en dos libros: Pesadillas y alucinaciones I y Pesadillas y alucinaciones II)
1999 - Corazones en la Atlántida (Hearts in Atlantis)
2003 - Todo es eventual: 14 relatos oscuros (Everything´s eventual: 14 Dark Tales)
2008 - Después del anochecer (Just After Sunset)
2010 - Todo oscuro, sin estrellas (Full Dark, No Stars)
2015 - El bazar de los malos sueños (The Bazaar of Bad Dreams)
2020 - If It Bleeds
No ficción
1981 - Danza macabra (Danse Macabre)
1988 - Nightmares in the Sky: Gargoyles and Grotesques (no editado en español)
2000 - Mientras escribo (On Writing)
2000 - Secret Windows: Essays and Fiction on the Craft of Writing (no editado en español)
2005 - ¡Campeones mundiales al fin!: Cómo los Medias Rojas lograron ganar la serie del 2004 (Faithful: Two Diehard Boston Red Sox Fans Chronicle the Historic 2004 Season), con Stewart O'Nan
Guiones
1982 - Creepshow
1985 - Cat's Eye
1985 - Silver Bullet
1986 - Maximum Overdrive
1989 - Pet Sematary
1992 - Sleepwalkers
1998 - The X Files (Episodio: "Chinga")
1999 - La tormenta del siglo (Storm of the century)
2002 - Stephen King's Rose Red
2004 - Kingdom Hospital
2014 - Under the Dome (Episodio: "Heads Will Roll")
Antología
2009 - Stephen King goes to the movies (no editado en español). Compilación de relatos publicados antes en otras colecciones.



Fuentes:

Biografía - Wikipedia